La
única razón válida para escribior de una
película tan patética y molesta como Transformers
es definirla como un ejemplo nítido de un cine nefasto,
de un producto negativo plagado de vicios, que refleja precisamente
cómo los efectos visuales digitales, realizados por computadora,
pueden distorsionar una obra, ser pura forma y nada de contenido.
Edstamos
jusramente frente al caso contrario de El Señor de
los Anillos (The Lord of the Rings) en el uso y aprovechamiento
de la tecnología en el cine. Si la trilogía de Peter
Jackson es una prueba de cómo los efectos pueden contribuir
a enriquecer la narración, a ayudar a crear mundos imaginarios
y de abrirnos las puertas de la fantasía, Transformers
se ubica en el otro extremo: los efectos ahigan, destruyen, distorsionan
el relato. Si en El Señor de los Anillos éstos
nos emocionan y asombran, en la cinta que ahora nos ocupa, basada
en las caricaturas televisivas, su empleo resulta desesperante.
El
espectador sufre un constante bombardeo mental de fulgurantes
tomas basadas en cortes incesantes que llegan a darse cada 2-3
segundos, en una de las películas con el proemdio de cortes
más rápido, es decir, con el mayor número
de tomas.
Lo
lamentable es que esas tomas son referidas exclusivamente a destrucción,
golpes, disparos de armas y violencia, como parte de una línea
de acción basada en la agresividad visual.
Ello
deja fuera el contenido. No importa el desarrollo de la trama,
ni los diálogos, ni las burdas explicaciones que se dan
a la aparición de seres extraterrestres, denominados autobots,
capaces de transformarse en cualquier tipo de máquina que
puedan copiar, y que divididos en dos bandos, buenos y malos,
llegan a La Tierra en busca de una piedra divina que cayó
un siglo antes en el Polo Norte, y se enfrascan en una batalla
mortal.
Lo
absurdo que puede parecer el argumento, es palpable en la cinta.
Es una simple sucesión de ideas incoherentes, sin que se
tenga el menor reparo en intentar una explicación más
o menos hilvanada.
Todas
las enormes carencias del guión se tratan infructuosamente
de suplirse con la acción. De igual modo, las frases que
sueltan los personajes, supuestamente de humor o que quieren aparentar
ser ingeniosas, carecen completamente de sentido o de gracia.
Pero
por otro lado, es muy grave que ni los mismos efectos digitales
resulten, ya no digamos de asombro, sino de calidad. Las escenas
recreadas por ordenador que dan vida a las máquinas y los
seres robóticos, se sobreponen con los actores, de una
manera poco creíble. Se nota demasiado que son sobrepuestas,
que actores y los seres creados artificialmente, ya sea por animación
o animatronics, no comparten el mismo escenario y queda la sensación
de un vil trucaje, que al paso de los años nos parecerá
sumamente falso.
Ello
queda claramente en evidencia en la escena, por ejemplo, del robot
gigante que sale de la alberca y pasa al ladito de una pequeña
niña que se le queda mirando sin mayor sorpresa.
Pero
por lo pronto, esos desplantes tan poco creíbles, elevaron
el presupuesto final de la producción nada menos que a
la friolera de 150 millones de dólares para los estudios
Dreamworks y Paramount, que compartieron el riesgo.
Si
los efectos son obra de la Industrial Light and Magic,de George
Lucas, la compañía más importante en materia
de efectos visuales en el cine, comprobamos que a pesar de todos
los avances tecnológicos, aún falta mucho por recorrer
y aún faltan muchos obstáculos por superar para
darle más realismo a las escenas.
Para
una película de estas proporciones, cuya apuesta es a la
tecnología con cero contenido, resultó aún
más dañino encomendarle la dirección a un
auténtico psicópata visual como Michael Bay, un
realizador poco inteligente, que lleva sus cintas al frenesí
de la acción, y que ha echado a perder todos sus proyectos,
como Armageddon, La Roca, Pearl Harbor o La Isla.
Todas
superproducciones costosísimas que ninguna de ellas redituó
en grandes resultados en taquilla, cuando estaban planeadas y
concebidas para ser taquillazos, e incluso La Isla (The Island)
fue un rotundo fracaso, uno de los mayores en la historia del
cine.
Por
algo será, pero hay estudios que se ponen una venda en
los ojos y que siguen pensando que Bay es un realizador exitoso.
Al contrario: otro director hubiera podido realmente hacer que
ese tipo de producciones triunfaran de verdad en el box office.
Es
cierto que Transformers ha tenido mayor
éxito, pero no es debido a la capacidad de Bay, sino por
la base de la popularidad de la serie televisiva, por la campaña
mercadoténica y porque va dirigida a un sector del público
adolescente en específico. Siendo un producto típicamente
mercantil, cualquier realizador hubiera sacado adelante el proyecto,
y sin duda, con mayor decoro y calidad.
El
término más adecuado para calificar a Transformers
es el exceso en todos sus niveles. Exceso que agobia al espectador.
Como la trama es tan burda como simplista, su valor como obra
cinematográfica es mínimo.
Es
como si se tratara de un video juego llevado a la pantalla grande,
pero de ninguna manera como una película en sí misma.