Ganadora
como mejor película de los premios de la Academia de Cine
Europeo y de un merecido Oscar como mejor producción extranjera,
superando a la favorita, El Laberinto del Fauno, que
representaba a México, la cinta alemana La
Vida de los Otros llega a nuestra cartelera precedida
por los elogios unánimes de la crítica internacional,
muy bien sustentados.
La
opera prima del cineasta alemán de 33 años, Florian
Henckel von Donnersmarck, es un inquietante e inteligente manifiesto
sobre el espionaje politico durante el régimen comunista
en Alemania del Este.
El
relato se ubica en 1984 cuando un rígido agente de la poderosa
policía secreta recibe la misión de espiar a un
prestigiado escritor y dramaturgo, preferido del gobierno, pero
que como todo intelectual, despierta sospechas y suspicacias a
la dictadura comunista.
Con
mano firme, con posición madura, la trama mantiene una
intensidad que nunca decae en la medida en que describe el acoso
de la fuerza del Estado a las vidas privadas y la puesta en marcha
de la avasalladora maquinaria propagandística.
Sin
excesos, sin tremendismos, sin recurrir a chantajes, la película
adquiere una admirable fuerza interna para apuntalar, con claridad
y rigor, el contexto social y politico de la época.
Es
la pura fuerza del cine la que permite construir un testimonio
válido y puntual de la represión, la intolerancia
y el control del gobierno sobre la población, de la falta
de respeto a los derechos elementales de cada ciudadano.
Para
cumplir ese objetivo, no se deja asomar un ápice de manipulación,
ni una escena sobrante, ni una toma de tortura física.
Eso se llama talento, del que hace gala un cineasta que muestra,
además de una sobrada habilidad narrativa, una enorme capacidad
para transmitir los vaivenes de la condición humana.
Porque
más allá de su trascendencia como documento histórico,
en el que se refleja el miedo, la desesperación de las
personas a través del retrato preciso de los personajes,
el filme es un testimonio de una transformación estrictamente
individual.
En
este sentido, una de sus grandes cualidades es enfocarse al proceso
interno que va teniendo el aparentemente inflexible agente Wiesler,
un solitario y patético burócrata que evoca la descomposición
ética del regimen, alienado políticamente y sujeto
a un lavado de cerebro como los demás funcionarios públicos.
El
que nos perturba y conmueve es este personaje misterioso y triste,
pero absolutamente creible y entrañable, quien de repente
tiene la necesidad de rebelarse a lo que él siente está
mal, y que adopta una decisión de consecuencias fundamentales
para mucha gente, incluyendo a él mismo, como una arriesgada
apuesta a su libertad de conciencia, como un gesto de rebeldía.
Es revelador el hecho que a él no le importará presumir,
ni siquiera explicarse ante nadie, y que ni siquiera intentará
sacar provecho de sus acciones a la debacle del gobierno comunista
tras la caída del muro de Berlín.
Su
complejo comportamiento psicológico le da razón,
fuerza y vigor a toda la trama. Por eso, la escena final adquiere
una dimensión memorable, enriquecida por la actuación
de Ulrich Mühe, ganador como mejor actor en los premios de
cine europeo.
De
este modo, la película acierta por partida doble: como
testimonio politico y como crónica humana.