El
actor cubano Andy García, con una larga trayectoria en
Hollywood, ofrece su primer largometraje como director en una
larga película sobre la caída del régimen
de Fulgencio Batista en Cuba y el ascenso de Fidel Castro al poder,
en 1959.
Sueños
Perdidos (The Lost City) es en realidad un testimonio
personal del actor convertido en director, sobre su pensamiento
politico. Muestra su visión de la revolución cubana,
pero se deja arrastrar por sus fobias anticastristas, su tendencia
derechista característica del exilio cubano en Miami.
El
resultado es un drama bofo que es más un panfleto convencional,
sin valor social y sin mérito artístico.
Ello
se debe a una evidente falta de talento de García, una
obvia pretenciosidad que lo lleva a asumir que está realizando
la gran obra épica de este suceso histórico, pero
que se derrumba desde el principio por el más que evidente
planteamiento tendencioso, su obsesión por criticar a Castro
y al Che Guevara, cayendo en lugares comunes, en una óptica
tan banal como chantajista.
Porque
toda la película, además de monótona, es
de una simplicidad absoluta. En un muy poco objetivo relato, se
evita criticar al gobierno dictatorial de Batista que condujo
al triunfo de Castro con el inmenso apoyo popular y se cae en
diálogos superficiales, en los que se refiere a la falta
de democracia como recurso crítico contra la revolución,
pero se descontextualiza el momento coyuntural, en tanto los argumentos
a favor de este movimiento son elementales.
Así
por ejemplo, el personaje del hermano que se une a la guerrilla
castrista y termina suicidándose, después de ser
insultado por su padre burgués y abofeteado por el propio
Andy García, evoca la manipulación y el primitivismo
argumental de la cinta.
No
se trata de ninguna maner a de defender la dictadura de Castro
o las políticas de represión e intolerancia a las
que ha sujeto a Cuba, aferrándose al poder por medio siglo.
El
problema es que Andy García cae en una visión banal,
burda, torpe. Pero lo más reprochable es que cede al oportunismo
de tratar de ser políticamente correcto, queriendo
mostrar su apego y su amor hacia su pais natal, así como
las cualidades de la música popular cubana.
Lamentablemente,
este intento por enseñarnos la riqueza cultural cubana,
se da con calzador en el desarrollo narrativo: nunca puede hallar
el punto adecuado para armar una historia inteligente, o al menos,
eficaz.
Todo
es un collage de números musicales sueltos dentro de una
trama tosca y simplista. Da una muestra de incapacidad, una lección
de lo que no se debe hacer, cuando al recrear el asalto al palacio
presidencial, entremezcla escenas musicales, rompiendo cualquier
intento de imprimir un sentido dramático.
No
hay intensidad, ni siquiera sabe crear interés en el espectador,
no suscita emociones, ni incita a la reflexión. En una
palabra, no logra nada con su inútil y tramposa película.
Lo
que nos ha ofrecido Andy García, quien también es
el intérprete central (en una pobre actuación, sin
matiz dramático) y autor de una música insípida,
es un mero ejercicio de megalomania, sin valor ni trascendencia
cinematográfica.
Ello
se refleja con claridad en una escena final que raya el ridículo,
donde él mismo escucha la música sentado dubitativamente
en su cabaret, se levanta, hace unos chuscos movimientos dizque
de baile y sube pedantemente las escaleras. Esa
escena, como la película en su conjunto, causa pena ajena.
Además,
el guión, inconcebiblemente atribuido al ya fallecido escritor
cubano exiliado Guillermo Cabrera Infante, desarrolla personajes
de caricatura, injustificados en el contexto temático,
como el del comediante que encarna Bill Murray, quien repite su
papel de siempre, incapaz de tener una minima versatilidad, cuya
inclusion en el reparto parece ser sólo una concesión
al amigo, al igual que sucede con Dustin Hoffman, aunque éste
sí se defiende en sus dos breves apariciones como lider
mafioso.
Atrapado
en su pedantería, sintiéndose el artista grande
que nadie merece, con su carrera estancada, donde sus únicos
éxitos recientes (en este caso, a nivel comercial, que
no artístico) son en un papel menor en la serie de
La Gran Estafa (Oceans Eleven) y sus dos secuelas,
su opera prima se va al despeñadero.
Con
Sueños Perdidos, es un hecho que Andy
García fracasa como cineasta y como actor, ahogado, no
por sus pasiones, sino por sus fobias.