Una
de las películas más controvertidas y audaces del
año lo es la producción británica Escándalo
(Notes on a Scandal), basada en la novela What Was
She Thinking: Notes on a Scandal, de la escritora inglesa
Zoe Heller, cuya trama aborda el ríspido y complejo drama
de una profesora que se involucra sexualmente con su alumno de
15 años de edad.
De
manera madura, sólida, a través de un planteamiento
inteligente, el filme describe el desarrollo no sólo de
ésta, sino de otras relaciones, que evocan la dimensión
de la condición humana, y lo hace con capacidad de verosimilitud,
sin excesos, gracias al talento del veterano director inglés
Richard Eyre.
Como
en su anterior Iris, sus personajes son seres de carne
y hueso, con sentimientos, errores, debilidades, pasiones y deseos.
He aquí el mayor mérito de un guión certero
y efectivo: ahondar en las relaciones individuales, sin maniqueísmos
ni convencionalismos.
Cabe
resaltar que este acierto se da por partida doble, ya que es un
retrato de dos relaciones tan complejas como intrigantes: no sólo
la de la mujer casada con su jovencísimo alumno, sino entre
ella y Barbara Covett, la vieja maestra, cuya personalidad es
reflejada con agudeza y profundidad.
Es
aquí donde la obra alcanza un nivel climático y
atrayente, y logra sus mejores momentos. Su gran valor argumental
no se da en el relato de la escandalosa relación en la
que se comete un delito penal por tratarse de un menor de edad,
sino en la descripción de esta mujer solitaria y amargada,
que entabla relaciones posesivas con mujeres más jóvenes.
La
cinta ahonda en una personalidad misteriosa, extraña, perversa,
dominante y cruel, tan frágil como obsesiva.
Es
un manifiesto psicológico perturbador, cuya narración
en off funge como un recurso narrativo para mostrar, mediante
las citas del diario personal de la vieja profesora, todos los
matices de una personalidad sumamente compleja, que evoca el lado
oscuro del ser humano.
No
se trata de un asesino en serie ni un maniaco esquizofrénico,
cuyo comportamiento sería más predecible, sino de
una persona refinada y culta, que con aterradora sangre fría,
premedita, analiza y está consciente de las consecuencias
de sus actos, lo que la hace más peligrosa. En
este sentido, la escena final es de un vasto e impactante poder
de penetración por las posibilidades temáticas que
abre.
La
eficacia argumental fue recompensada con una nominación
al Oscar como mejor guión adaptado, aunado al de música,
para la inquietante banda sonora de Philip Glass.
Otras
dos nominaciones de la película a los premios de la Academia
de Hollywood fueron, más que merecidamente, para las actuaciones
centrales de dos grandes actrices: esa excepcional dama inglesa
que es Judi Dench, como actriz estelar, quien recibió su
sexta nominación, y la australiana Cate Blanchett, aunque
ella fue incluida en la categoría de actuación de
reparto, lo cual resulta un poco inexplicable ya que su rol definitivamente
es tan estelar como el de su contraparte.
Hay
que señalar que ofrecen un memorable duelo histriónico
que en mucho enriquece el relato. Ambas han sido ganadoras de
la cotizada estatuilla, como actrices de reparto, por Shakespeare
Apasionado (Shakespeare in Love) y El Aviador, respectivamente.
Ahora
bien, al lado de la intensidad, el rigor dramático y el
sentido humano que ofrece el filme, prevalecen ciertos puntos
débiles, sobre todo en la recreación de situaciones
que surgen de manera precipitada, como si apareciesen de imprevisto
en la narración, luciendo forzosos, sin un necesario planteamiento
de momentos previos esenciales.
De
modo particular, me refiero a la elipsis en la que, tras el rumor
que Barbara suelta, con toda malicia, a su compañero docente,
surge la escena de la llegada de la histérica madre del
alumno Steven Connolly a la casa de Sheba.
Asimismo,
uno se queda con la impresión que la presencia de los reporteros
y fotógrafos una vez que revienta el escándalo,
es excesiva y algo sensacionalista, y al menos es una impresión
que se deriva de la falta de capacidad de convencimiento.
Sin
embargo, el balance general, sin duda, es positivo. Más
allá de los cuestionamientos que podemos plantear, estamos
frente a una obra de calidad, anti convencional, trascendente,
vigorosa, que permea en la mente del espectador y que posee un
necesario aire liberal contra la hipocresía del puritanismo
que nos invade.