Ante
todo, la controvertida producción norteamericana 300
es una inequívoca y provocativa experiencia cinematográfica.
Basada en la novela gráfica de Frank Miller, autor de otra
popular historieta, La Ciudad del Pecado (Sin City),
también trasladada al cine, en 2005, conserva su esencia
propia de comic, con abigarrados elementos visuales.
Pero
si su estructura narrativa, su componente de violencia como recurso
estilizado, su tendencia al gore para apuntalar el sentido dramático
y sobre todo, su composición dark, guardan similitud
con La Ciudad del Pecado, aquí va más allá
al manejar un tono épico que le otorga una dimensión
mítica.
Los
resultados son afortunados. La sagacidad, la audacia expresiva
se consolidan, La apuesta es arriesgada: emplea recursos propios
de una superproducción, el manejo de cientos de extras
y el retoque de la imagen que ofrece una atrayente resolución.
Lo
que logra 300 es un nuevo ícono
fílmico y una obra de calidad por su fuerza expresiva y
su dinamismo interno.
Si
el estilo del director Robert Rodríguez en La Ciudad
del Pecado era de mayor informalidad y desparpajo, y con
una tendencia al humor paródico, en 300 hay
una clara intención de hacer un cine más contundente,
más vigoroso, de buscar nuevos elementos creativos.
Y
vaya que lo ha logrado, por lo que el filme, independientemente
de su historia, posee un valor intrínseco como opción
narrativa y fundamentalmente visual.
La
dirección de Zack Snyder, quien realizó la nueva
versión de El Amanecer de los Muertos (Dawn of the
Dead), es una apuesta por el cine como medio para contar
historias con un claro fin artístico.
Desde
luego, el camino elegido no es para todos los gustos, por su virulenta
agresividad, pero como toda nueva forma artística, como
la pintura o la literatura, cualquier intento de ruptura a las
normas formales, implica rechazo de una parte del público,
pero despierta pasión, entusiasmo y un alto grado de emotividad
en otro, particularmente en una audiencia no convencional.
Eso
es lo que consigue 300: como producto
innovador, su capacidad inventiva va dirigida a los sentimientos,
apela a las emociones, atrapa los sentidos. Hay un innegable talento
para la concepción de las imágenes, el uso de la
cámara lenta, la aparición de seres extraños
o prodigiosos guerreros.
El
relato fluye caudalosamente; cada toma y escena poseen una penetrante
intensidad, y los efectos especiales son un enriquecedor complemento
para crear todo un conjunto que posee una estética única.
Pero
no sólo se trata de la habilidad visual del director Snyder,
originario de Green Bay, para recrear el universo sofocante de
Frank Miller, sino también la inteligencia para otorgar
una dirección dramática, utilizando la voz en off
para llevar a cabo, de manera concisa y precisa, una reflexión
sobre el destino de las civilizaciones y la recreación
de leyendas.
Porque
es precisamente una leyenda la que evoca 300,
con referencias mitológicas a un hombre histórico,
el rey Leónidas que en el siglo V antes de Cristo encabezó
a un grupo de soldados de Esparta a luchar y resistir al inmenso
ejército persa, en el desfiladero de las Termópilas,
a partir de sus estrategias militares, pero sobre todo, a su sentido
de lealtad, sacrificio y valor.
Desde
luego, como toda leyenda, únicamente se inspira en hechos
reales, para darle vuelta a la fantasía. La figura de Leónidas
y sus espartanos son un símbolo histórico de valentía.
Por
eso no tienen cabida las alegaciones de historiadores para argumentar
en contra de la película, como no las tenían las
que criticaban a Apocalpyo. Estamos frente a una cinta
de ficción, que desarrolla una crónica de proezas
individuales, cuyo valor temático es mostrar las relaciones
de poder.
Quizás
hay que reprochar un cierto grado de exceso en las escenas de
batallas pero a fin de cuentas, nos muestran la crueldad de la
naturaleza humana. Más válido es el cuestionamiento
sobre el abigarramiento con el que traza a los persas, en un retrato
casi caricaturesco, que lo induce a caer en una posición
maniqueísta: no hay valor ni dignidad en su comportamiento,
olvidando que fueron un ejército disciplinado que buscaba
el mismo objetivo que ha movido a los hombres: el afán
de grandeza.