Basada
en el libro del caricaturista metido a investigador privado Robert
Graysmith, Zodiaco es una importante
pero desigual crónica de los largos años en los
que se investigaron los asesinatos cometidos por el serial
killer autodenominado Zodiac, a fines de los 60 y principios
de los años 70 en San Francisco, quien se caracterizó
por enviar continuas cartas a los periódicos de la bahía.
Así,
uno de los casos contemporáneos más célebres
de asesinos en serie es llevado a la pantalla en Zodiaco
(Zodiac) una extensa realización dirigida por
David Fincher, un curioso cineasta norteamericano, autor de Alien
3 y de dos filmes de culto pero irregulares; Seven
y Club de Pelea (Fight Club).
Ahora,
con un rico material en sus manos con el que vuelve a internarse
al tema de la intriga criminal, logra momentos relevantes, acierta
en un inquietante planteamiento inicial, pero vuelve a fallar
en una resolución innecesariamente confusa, donde disgrega
las líneas narrativas y se pierde al alargar de manera
forzada el relato.
Al
igual que en La Habitación del Pánico (Panic Room),
Fincher es desacertado al caer en las redes de su propia pretensión
intelectual, que lo orilla a darle demasiadas vueltas de tuerca
a la historia. Lo que podía resolver con mayor fuerza dramática
en 2 horas, se extiende media hora de más, restando interés
y capacidad de sorpresa, y lo más grave, haciendo que la
trama no resulte convincente.
El
problema es la falta de una línea central que apuntale
la tensión argumental. Abundan los personajes que aparecen
y desaparecen sin justificación, en tanto las conclusiones
parecen repetitivas.
No
es posible que se extienda a lo largo de 30 minutos una línea
de investigación sobre un sospechoso para acabar concluyendo
que no lo es, donde todo un cúmulo de pruebas se desvance
ante una ligera suposición de inocencia.
Lo
peor es que estando basada en hechos reales, no resulte verosímil.
Bien podría tratarse de una muestra intencional de ineficacia
policiaca y de ineptitud judicial, pero entonces quedan huecos
temáticos a pesar de la extensa duración de la cinta.
Fincher
evita todo tipo de climax y desde luego, se aleja de un final
impactante. Lo que trata de ser anti convencional, acaba siendo
su debilidad. Hay una innecesaria desdramatización, en
la que la vasta acumulación de información sólo
contribuye a ahogar al espectador, en lugar de contribuir a meterlo
en la trama.