Valioso
testimonio del tráfico de diamantes y de los conflictos
politicos internos y las consecuencias sociales que rodean el
comercio mundial de estas piedras preciosas, Diamante
de Sangre (Blood Diamond) toca huella en
la médula del problema y se convierte en una importante
denuncia que posee el gran mérito de incitar a la reflexión
sobre un asunto de graves consecuencias humanitarias.
El
filme se centra en la brutal explotación, en condiciones
de esclavitud, de miles de trabajadores africanos en las minas
de diamante en Africa, concretamente en Sierra Leona, un país
devastado por la guerra civil de los años 90, arrasado
por la miseria y donde los diamantes se convirtieron en el foco
de la disputa y escenario de encarnizadas batallas, pasando por
el secuestro de niños de sus hogares para formar parte
de los ejércitos de los rebeldes.
Esta
es la relevancia de una película que ejemplifica la trascendente
función social del cine, y que ya ha arrojado una significativa
influencia para abrir un debate a nivel internacional., Al menos,
las grandes compañías de diamantes han reaccionado,
lavándose de culpas y emprendiendo una campaña promocional
sobre su imagen.
La
habilidosa narrativa de Edward Zwick, con su capacidad visual,
imprime a la cinta agilidad y fuerza para atrapar al espectador,
lo que amplía sus posibilidades de impactarlo y lograr
levantar conciencia en las audiencias masivas.
Zwick,
autor de la irregular pero muy popular Leyendas de Pasión
(Legends of the Fall), de la efectiva Tiempos de Gloria
(Glory), la tramposa Valor Bajo Fuego (Courage Under
Fire) y la grandilocuente El Ultimo Samurai (The Last
Samurai), confirma su talento para el desarrollo de las historias,
el manejo de la acción en grandes espacios abiertos, la
concepción de un emotivo tono épico y sobre todo,
una espectacular puesta en escena.
Sin
embargo, al vigor narrativo y su certera visión crítica
de Diamante de Sangre, en el que surgen
claras connotaciones políticas, que a nadie dejan indiferente,
el relato decae en el último tercio, cuando se enfoca en
exceso en el personaje central de Danny Archer (interpretado por
el cada vez más brillante Leonardo di Caprio).
Así,
lo que era un manifiesto contra la brutalidad de la dictadura
y la situación inhumana en la Africa actual, motivada por
los intereses económicos de las grandes corporaciones y
ante la hipocresía de las potencias occidentales, acaba
siendo una tendencia a la innecesaria exaltación de la
figura del héroe individual invencible, tipo Rambo, que
al final está dispuesto al sacrificio, en un intento de
expiar sus culpas, y presentarlo como un mártir.
Es
el problema común que adolece Zwick, un cineasta de gran
talento visual, pero que tiene la limitante de ceder al manejo
sensibilero de la figura heroica individual. Si ese era el defecto
de El Ultimo Samurai, aquí vuelve a repetirse, en detrimento
de la viabilidad argumental.
De
este modo, la relación sentimental que se establece entre
el personaje de Archer y la periodista que encarna la muy guapa
Jennifer Connelly (ganadora del Oscar como actriz de reparto por
Una Mente Brillante A Beautiful Mind-), acaba siendo
forzada e innecesariamente melodramática.
La
película tiene cinco nominaciones al Oscar. Sin embargo,
a pesar de sus ambiciones, no logró colarse a las categorías
mayores, salvo en el caso de actuación estelar para di
Caprio, muy merecida, como lo es la de actuación de reparto
para el actor africano Djimon Hounsou, quien ya había sido
nominado en la misma categoría en Tierra de Sueños
(In America). Las otras tres nominaciones son para edición,
sonido y edición de sonido.