Convertida
en todo un auténtico fenómeno sociológico
y comercial, Borat (con un larguísimo
y extraño subtítulo), fue la gran revelación
cinematográfica del año en Estados Unidos, obteniendo
ingresos en taquilla por alrededor de 120 millones de dólares,
cuando su presupuesto fue de poco más de 15 millones, lo
que la ubica como una de las películas más redituables
de la historia del cine.
Elogiada
por la crítica norteamericana más seria, nominada
al Globo de Oro como mejor cinta de comedia, este fime, desarrollado
como un falso documental, es más relevante de lo que su
tono de comedia nos permitiría suponer en una primera lectura
y en una mirada superficial.
A
través de las andanzas de un excéntrico, ingenuo
y simpatico reportero de television de Kazajistán, llamado
Borat Sagdiyev, que viaja a Estados Unidos para aprender sus costumbres
sociales y culturales que puedan ser aplicadas en beneficio de
aquella ex república soviética, se ofrece una visión
crítica de la sociedad norteamericana, de su hipocresía
moral, la intolerancia de su puritanismo, el consumismo obligado
y el fanatismo religioso represor.
La
película funciona en este sentido, como un espejo del american
way of life y su esquema sarcástico incita a una
reflexión seria entre el público inteligente, que
sabe que detrás de las anécdotas curiosas que vemos
en pantallas, prevalece una óptica que cuestiona la forma
de vida y las relaciones sociales y de poder de un país
atrapado en su soberbia de apuntalarse el derecho de imponer a
los demás lo que considera lo políticamente
correcto.
Por
eso, la cinta fue todo un taquillazo en EUA. Lo que se trata es
de una parodia que lanza sus dardos con la sutileza de la máscara
de la comedia y el recurso del humor, para crear una caricatura
del país más poderoso del orbe.
Uno
se ríe de los otros, en una forma que algunos críticos
han denominado como sadismo posmoderno.
Nadie
sale bien librado en la película: feministas, conservadoras
familias burguesas, cristianos fundamentalistas, judíos,
estudiantes, prostitutas, estrellas de Hollywood
. Claro
que del otro lado, el retrato de Kazajistán resulta deplorable,
por lo que uno no entiende que exista una propuesta por parte
del gobierno de esa república asiática de concederle
una medalla al actor Baron Cohen por haberla popularizado internacionalmente.
Sin
duda, estamos frente a una obra tan desconcertante como extraña,
pero singularmente efectiva.
Al lado de escenas hilarantes, también rebasa los límites
de la mesura y cae en no pocas situaciones grotescas y vulgares
innecesarias que no están adecuadamente manejadas. El filme
se mantiene al borde del abismo pero eso sí, atrapa al
espectador y le ofrece un incesante caudal que nunca pierde su
efecto sorpresa.
Sin
embargo, sus excesos, así como otras escenas poco afortunadas
y simplistas, como las del oso, la alejan de esa gran obra fílmica
que ha querido ver la crítica norteamericana.
Gran
parte de su eficacia se debe al cómico inglés Sacha
Baron Cohen, de innegable carisma, pero tampoco se justifica que
haya sido elegido el mejor actor del año por parte de la
asociación de críticos de San Francisco, Toronto,
Utah e incluso la de Los Angeles, esta última ex aequo
con Forest Whitaker por The Last King of Scotland.
Baron
Cohen, de 35 años de edad, nominado al Globo de Oro como
mejor actor en la categoría de comedia, y él mismo
coautor del guión, se ha hecho tan célebre que ha
realizado continuas apariciones, en su personaje de Borat, en
los programas de variedades más populares como los de David
Letterman y Jay Leno.