Controvertida,
audaz, tan polémica como su anterior La Pasión
de Cristo, la última obra del actor, escritor y director
Mel Gibson, hablada en maya, es ante todo, un gran espectáculo
visual cargado de una vital intensidad que en todo momento atrapa
al espectador.
La
trama se centra en la captura de miembros de una ladea indígena
en la Mesoamérica de fines del siglo XX, para ser llevados
a la piedra de los sacrificios por el pueblo dominante, la posterior
huída de uno de ellos y su impecable persecución
a través de la selva para atraparlo.
Es
una auténtica crónica de una odisea, que posee la
capacidad de mostrar el miedo, la angustia, la desesperación
y el terror individual ante el acoso enemigo.
Es
un reflejo de la crueldad humana, no un retrato de la civilización
maya, que algunos han querido ver humillante. Verla desde esa
óptica resulta superficial y miope.
La
historia de muchas grandes civilizaciones han estado marcadas
por la crueldad y la violencia. Por eso, la perspectiva del filme
trasciende para convertirse en un manifiesto de la condición
humana.
Más
allá de la exactitud histórica de las costumbres
y comportamientos del pueblo maya, la película funciona
y debe contemplarse como una crónica de la fatalidad y
la violencia de la historia de la humanidad. No tiene por qué
ser fidedigna a la historia ya que no es un documental didáctico
ni científico.
Sus
detractores han exagerado y han caído en cierta banalidad
al cuestionar su validez histórica, acusando al director
de ofrecer retrato de la civilización maya de salvajismo
y crueldad. No es el sentido ni el objetivo de la película.
Como producto cinematográfico no tiene por qué dar
una lección de historia, sino contar una historia en específico,
que retrata la hostilidad entre los pueblos mayas, pero sobre
todo, una lucha individual de sobrevivencia.
Cuestionar
hasta los diálogos en maya, como el del arameo en La
Pasión de Cristo, es ya una desproporción.
A
Gibson le interesa ahondar en la idea de que las sociedades comienzan
su decadencia al no poder superar sus conflictos internos, al
generar en el odio y la ambición de poder, el propio germen
de su destrucción. La frase que abre la cinta, del historiador
Will Durant, es reveladora: Una gran civilización
no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí
misma desde adentro.
Sin
duda, Gibson acierta en ese sentido, y hace gala de dominio de
oficio, recrea imágenes memorables y por momentos prodigiosas,
como el salto en la cascada. A lo largo de 140 minutos, nos lleva
a ser testigos de una epopeya, nos invade con un monumento visual
de pleno dramatismo, que nunca decae en interés.
Sin
embargo, en su propia euforia, exagera en las tomas de los acercamientos,
de close ups y primeros planos. En ese frenesí, al que
le hace falta mesura y prudencia, hay una sobre carga de elementos
argumentales que no favorecen el desarrollo de la historia: hay
una ansia por poner diferentes situaciones y circunstancias, que
resultan excesivos, incluyendo la toma final con la llegada de
los españoles a las costas del continente, que resulta
innecesaria y fuera de tono, porque además se vislumbra
como una aceptación intrínseca de que con ellos
llega el orden y los adelantos.
En
ese sentido, si la cinta visualmente es asombrosa, argumentalmente
le hace falta mayor claridad e inteligencia.
Mel
Gibson es un cineasta obsesionado con la violencia, y parece disfrutar
las imágenes de sufrimiento y tortura, desde Corazón
Valiente (Braveheart), ganadora del Oscar en 1995, por la
que también ganó la estatuilla como mejor director.
Ahora en Apocalypto no se conforma con
mostrar al protagonista herido y sangrando, sino que recalca mayor
dolor, más heridas, más dosis de violencia.
Si
desde el punto de vista artístico y visual, tiene varias
y no pocas cualidades, al mismo tiempo evidencia una debilidad
argumental y cierto desequilibrio en el relato.
Nominada
al Globo de Oro como mejor película en idioma extranjero
(es decir, no hablada en ingles), en los Oscares sólo aspira
a tres premios menores: maquillaje, de la que es favorita, y los
dos correspondientes a sonido. Creo que hay una injusticia enorme
en cuanto a no haber nominado la vigorosa fotografía de
Dean Semler.