Un
conjunto de elementos estereotipados y fórmulas mercadotécnicas,
al estilo más típico de la industria de Hollywood,
derivan en un verdadero fiasco, en Seduciendo a un Extraño
(Perfect Stranger), lo que refleja que un producto comercial
necesita algo más que simples esquemas promocionales, requiere
alguna dosis de ingenio que sorprenda al espectador.
Concebido
como un thriller erótico, con investigación de tipo
policiaco que involucra un crimen, un ambiente de suspenso, una
serie de variadas pistas sobre el asesino y por supuesto, una
parte erótica con escenas de sexo.
Lamentablemente,
todos estos elementos se mueven de manera forzada en una trama
sobre una periodista que realiza una investigación de un
afamado, mujeriego y sin escrúpulos publicista que se presupone
sospechoso del asesinato de su amiga.
Todo
es un costal de situaciones argumentales sin unidad ni coherencia.
No hay fluidez en la historia: la cinta se mueve de manera convencional,
para colocar, con calzador, situaciones que respondan a la parte
teórica que dicta un manuscrito de fórmulas comerciales.
Es
evidente la falta de talento e inteligencia para desarrollar el
relato: el espectador queda indiferente, sólo pasa el rato,
matando el tiempo, sin que la cinta sea capaz de suscitarle emociones,
de atraparlo.
El
problema es la notoria y evidente mediocridad del guión,
y la falta de pericia del director James Foley, quien evidentemente
no era el más idóneo para desarrollar un filme de
esta naturaleza.
El
realizador de la interesante Glengarry Glen Ross, de
bajo presupuesto y de estilo muy diferente, pero que ya mostró
sus limitaciones para el manejo de la acción, en una producción
de mayor presupuesto como La Cámara (The Chamber),
en la que no pudo trasladar la pantalla el sentido de la novela
de John Grisham, aquí muestra la imposibilidad para imprimir
un tono adecuado de suspenso e imprimir un aire de misterio.
Más
aún, en su visión timorata, la única escena
de índole pasional, que sucede en la mesa de un restaurante,
está trazada sin pasión y sin convicción.
La
pobreza argumental resulta aplastante: la historia es inverosímil,
y las situaciones esenciales se resuelven con de manera improvisada,
sin un sustento adecuado. Un ejemplo de ello es cuando el afamado
publicista Harrison Hill, después de descubrir que su nueva
asistente a quien trata de seducir, es una espía que busca
introducirse a los datos de su computadora, y que cuenta con cómplices,
acepta confiadamente al día siguiente que un completo desconocido
entre a sus archivos, con el pretexto de que va a revisar que
funcionen bien sus sistemas.
Así
de absurda y ridícula es la trama. Por ello, el desenlace
en el que se intenta una vuelta tuerca argumental, no causa emoción
ni interés: todo se ha desarrollado de manera gélida,
tibia, y el intento de sorprender yendo de una pista a otra, únicamente
propicia indiferencia.
Para
colmo de males, Bruce Willis muestra su falta de oficio histriónico
y sus limitaciones como actor serio, sobre todo cuando está
mal dirigido, como sucede en esta ocasión. Si en Pulp
Fiction, Tarantino pudo sacarle jugo, en este caso su personificación
es rígida e impávida, aún cuando está
sendo sometido a juicio por asesinato.
En
cambio, la sensual Halle Berry, sale mucho mejor librada: ella
demuestra que sí es actriz, y es la única que destaca
en su desempeño. La ganadora del Oscar por Monsters
Ball, se esfuerza por hacer creíble su papel, pero
su tarea es inútil ante las incoherencias argumentales.
Por
todo lo anterior, no es de extrañar, que tratándose
de una cinta de corte con un claro propósito de triunfar
en taquilla, sus resultados comerciales hayan sido tan malos,
con recaudaciones menores a 20 millones de dólares en Estados
Unidos (cuando su presupuesto fue de más de 40 millones),
obteniendo una entrada promedio por sala, en su segundo fin de
semana, de apenas 1,500 dólares.
Así pues, un redondo fracaso por partida doble: artístico
y comercial.