La
producción más costosa en la historia del cine español,
que requirió de una inversión de alrededor de 30
millones de dólares, financiada con capital francés
y norteamericano, Alatriste , la ambiciosa
adaptación de la novela de aventuras del siglo XVII, escrita
por Arturo Pérez Reverte (en una serie compuesta por seis
novelas) es un lamentable proyecto malogrado, sobrevalorado en
España, donde fue un gran éxito de taquilla a partir
de una amplia promoción mercadotécnica basada en
el best seller literario, pero que a la luz de una mirada más
serena, resulta tan limitada como insípida.
El
problema fundamental es precisamente, que una historia de aventuras,
con sentido épico, en la que se ensalza la figura de un
personaje que adquiere una dimensión heroica, con características
de convertirse en leyenda, es trasladada a la pantalla sin pasión,
sin emotividad, con una desesperante tibieza.
Lo
anterior se debe a la impericia narrativa y la incapacidad para
el manejo de una cinta que parte del concepto de espectáculo
grandilocuente, por parte del director español Agustín
Días Yáñez, cuya elección, es obvio,
no fue la más adecuada.
Díaz
Yáñez, autor de dos películas menores, de
estructura totalmente diferente y de bajo presupuesto, como la
interesante pero irregular Nadie Hablará de Nosotros
Cuando Hayamos Muerto, y la muy floja Bendito Infierno,
simplemente no puede darle a esta producción la visión
necesaria para lograr su relevancia ni como espectáculo
de masas ni como testimonio histórico del Siglo de Oro
en la España imperial, a pesar de la forzada inclusion
de nombres de celebridades , y mucho menos como sentido mítico.
No
hay intensidad, no hay alma. Y vaya que esto es absolutamente
imperdonable en una película que debe apelar particularmente
a la emoción. Por el contrario, resulta fatigosa, a pesar
de que dura 2 horas 15 minutos, tiempo normal para una cinta de
esta magnitud. Sus imágenes parecen una sucesión
de estampitas con vistosa escenografía y vestuario, pero
que no nos conmueven, ni nos hacen vibrar, ni en las secuencias
de batalla, ni en los momentos románticos, ni en el sacrificio
final del personaje, que nos deja fatalmente indiferentes. En
realidad, todo el personaje, de sus sacrificio a sus amoríos,
no nos conmueve ni nos causa sensación alguna.
A
fin de cuentas, la película queda como un ejemplo más
de una deficiente adaptación a la pantalla de una novela
de calidad en su género, Estamos frente a un típico
caso (que no sucede en la mayoría de las ocasiones, como
la gente supone) de traslado fallido de la literatura al cine,
como también sucedió con otro filme de recién
estreno, El Perfume.
A
la poca habilidad narrativa de Días Yáñez,
se aúna el miscast del actor central, el estadunidense
Viggo Mortensen, contratado, lógicamente, para impulsar
el lanzamiento internacional de la película y que pareció
una exigencia de los productores extranjeros. Pero el actor de
El Señor de los Anillos, simplemente tiene problemas evidentes
con su español, se le dificulta el papel, su dicción
es monótona, lo que resta credibilidad a su personaje.
Si
en el cine actual los efectos especiales se han eregido como una
parte complementaria indispensable para las superproducciones
(y nos remitimos otra vez al caso de la trilogía de El
Señor de los Anillos), la apuesta visual, en Alatriste,
es de pobreza. No conozco a la empresa encargada de dicha responsabiliddad,
cuyo nombre parece de broma (Ranchito), pero es claro, por los
resultados obtenidos, que no es la Industrial Light and Magic.