Cinco
años después de los efectivos y crueles ataques
terroristas del 11 de septiembre, Hollywood decide afrontar los
hechos, cumpliendo una de las funciones y objetivos del cine:
dar testimonio de la propia realidad.
Hace
unas semanas se estrenó Vuelo 93 (United 93),
el brillante y objetivo filme de Paul Greengrass sobre el vuelo
de United Airlines secuestrado por otros fanáticos islamistas
que pudieron cumplir su propósito de estrellarlo en Washington,
debido a la rebelión de los pasajeros, por lo que, sin
control, la nave se estrelló en una zona despoblada de
Pennsylvania.
La misma historia de este vuelo de United, que cubría la
ruta Newark-San Francisco, dio lugar a una película hecha
para la televisión.
Asimismo,
se realizó otra serie televisiva sobre el 11 de septiembre,
basada en el reporte de la comisión investigadora del Congreso
de Estados Unidos, la cual ha originado una categórica
protesta por parte de los demócratas, en particular del
ex presidente Clinton y de la ex secretaria de Estado, Madelaine
Albright, ya que plantea la versión de que el ex mandatario
no tomó la decisión de atacar a la organización
Al Qaeda ni aprehender a Bin Laden.
La
segunda película en la que la industria de Hollywood aborda
los ataques de aquel trágico día, es Las
Torres Gemelas (World Trade Center), firmada por
el emblemático y conocido cineasta Oliver Stone, autor
de obras tan relevantes como Pelotón (Platoon),
Nacido el 4 de Julio (Born on the Fourth of July), The Doors
y JFK, ganador de dos Oscares como mejor director, precisamente
por las dos primeras.
Las
Torres Gemelas se centra en la historia real de dos policías
neoyorquinos que entraron, en misión de rescate, a las
torres, justo a los pocos minutos de que se derrumbara la primera
de ellas, cuando se encontraban en el vestíbulo enmedio
de ambas construcciones.
John
McLoughlin y William Jimeno sobrevivieron, atrapados en los escombros
a varios metros bajo el suelo, hasta que fueron encontrados y
se convirtieron en unas de las 20 personas que fueron rescatadas.
La
película posee sólidas virtudes y claros defectos.
Es una obra de claroscuros y contrastes bien definidos.
Por
un lado, prevalece el agudo oficio narrativo y la visión
cinematográfica de Stone, que le permite captar todo el
drama, todo el terror devastador de los sucesos, así como
la angustia, el pánico, la desesperación, el coraje,
la fuerza y la increíble lucha por la sobrevivencia de
los dos policías.
No
es un documental del 11 de septiembre ni pretende ser una crónica
de los acontecimientos de ese día.
Es
un drama individual, de dos personas atrapadas en vida en un infierno,
y es un relato sobre la relación que establecen entre sí,
sólo hablándose, sin poder verse uno al otro, creando
un fuerte vínculo de solidaridad que en mucho les ayudó
a permanecer con vida.
Este
es el aspecto que mejor logra Stone. Particularmente, el principio
del filme, en el que se recrean los brutales atatques, que rompen
la cotidianidad, la normalidad de la gran urbe, es verdaderamente
brillante. La escena del derrumbe de la torre alcanza momentos
de gran intensidad y vibrante fuerza visual.
Sin
embargo, la cinta va pediendo fuerza y sobre todo, mesura. Antes
de la segunda mitad, se desinfla y en aras de la complacencia,
del forzado deseo de pintar un cuadro idealístico, va perdiendo
capacidad de convicción, para dar paso en cambio, a una
innecesartia exaltación patriotera.
Sin
mayor justificación, la película se enfoca en el
retrato de las esposas de los dos policías, y lo hace desde
una perspectiva muy diferente: superficial y banal.
A
través de flash backs, se presentan las relaciones matrimoniales
de manera armoniosa y sin conflictos mayores. No es que no pueda
ser real, sino que delinea una visión chantajista y manipuladora.
Esta
tendencia se hace más evidente cuando, en la imaginación
de ambos policías atrapados, se aparece la imagen de Cristo,
lo cual resulta innecesario. Stone no se conforma, como era de
esperarse, con reflejar la fe religiosa de los protagonistas y
dejar que fueran ellos quienes hicieran referencia a Dios, y en
cambio, decide utilizar un recurso elemental.
Pero
lo más grave sin duda, es la falta de sentido de autocrítica.
No se muestra ninguna contradicción ni conflicto entre
los organismos gubernamentales, ninguna vacilación ni titubeo
en la misión de rescate.
El
guión plantea que el marine que encuentra a los dos protagonistas
llegó al WTC porque recibe una señal de Dios, pero
tampoco discute con la policía que ha suspendido la búsqueda
de sobrevivientes. En
este sentido, el filme contrasta notoriamente con el planteamiento
crítico y realista de Vuelo 93.
Y
es que Stone quiso ofrecernos una película que no incomodora
o molestara a nadie: ni al gobierno, ni a la policía neoyorquina,
ni a los familiares de las víctimas, ni al espectador común.
Pero sobre todo, es obvio que quiso quedar bien con los autores
de los relatos, precisamente los dos policías sobrevivientes
y sus respectivas esposas. El
resultado es una mirada complaciente que evidentemente resta capacidad
crítica y verosimilitud.
La
escena final de la Las Torres Gemelas
rebasa todo límite de prudencia y objetividad, sobre todo
en el momento político actual en el que la guerra en Irak
se evidencia como una acción descabellada y a todas luces
injustificada, cuando el personaje del héroe marine dice:
Ahora hay que ir a cobrar venganza, en una frase que
se erige como una inútil y peligrosa defensa de la invasión
a Irak.
Es
una lástima que esta imagen, esta apología bélica,
nos la proporcione precisamente el cineasta norteamericano más
antibélico y crítico de la guerra en Vietnam.
Pero
Stone, desde la excesiva Un Domingo Cualquiera (Any Given
Sunday) y la banal Alejandro Magno (Alexander),
uno de los mayores fracasos en la historia del cine, anda con
la brújula perdida, y ahora quiso reivindicarse con los
sectores del ala derechista que siempre lo han acusado de liberal
radical, con este complaciente producto que es un manifiesto ideológico,
que olvida su verdadero objetivo de dar testimonio real y equilibrado
de ese fatal día. Qué pena.