Por
fin, el estreno en México y otros países de una
de las producciones más importantes y trascendentes de
los últimos años: Munich,
la controvertida, arriesgada y audaz, pero igualmente brillante
e impactante obra del ya legendario Steven Spielberg, quien realiza
su mejor película desde La Lista de Schindler,
de 1993.
A
sus 59 años de edad, y con más de tres décadas
de trayectoria fílmica, este célebre cineasta, originario
de Cincinnati, nos ofrece una película impecable, redonda,
admirablemente inteligente: un filme de indudable valor por sus
implicaciones de índole política y su capacidad
para inducirnos a una imprescindible reflexión moral y
ética, pero sobre todo, una cinta valiente que se adentra
a fondo en el laberinto del problema del terrorismo.
El
relato se basa en hechos reales ocurridos durante los Juegos Olímpicos
de Munich en 1972, cuando un comando palestino de la organización
Septiembre Negro, asalta la villa olímpica y toma como
rehenes a nueve atletas israelíes, después de matar
a un entrenador y a otro atleta. Tras un fallido intento de rescate
en el aeropuerto, cuando los terroristas y los rehenes abordaban
un avión para salir de Alemania, luego que la primera ministra
de Israel, Golda Meir, se negó a negociar, todos los nueve
atletas y la mayoría de los asaltantes palestinos, murieron.
La
cinta tiene como punto de arranque estos sucesos y se enfoca en
lo que aconteció después, cuando el gobierno israelí
emprende un plan de venganza para asesinar a los principales dirigentes
palestinos que planearon el asalto. Se forma entonces un grupo
de cinco agentes israelíes que en una misión secreta,
organizan la búsqueda y el asesinato de los responsables,
cuyos nombres les han sido proporcionados por el servicio secreto
de Israel.
La
historia está basada en el controvertido libro de George
Jonas, titulado Venganza, publicado en 1984 y que recoje el testimonio
del agente secreto israelí que lidereó la misión,
conocido con el seudónimo de Avner.
Spielberg
y el guionista Kushner pasaron largas jornadas con esta persona.
Aunque los hechos siempre han sido negados oficialmente, y su
veracidad puede ser puesta en duda, lo verdaderamente importante
es la esencia del relato. Más allá de los pormenores
y los detalles de la realidad, lo significativo y lo trascendente
radica en el trasfondo y en este sentido, el filme incide en una
honda reflexión sobre el terrorismo que aviva un necesario
debate de particular vigencia hoy en día, sobre los medios
que se están empleando en la guerra de Bush en Irak y que
toca huella a profundidad en asuntos como las libertades y derechos
individuales a los que tiene que renunciar un Estado de Derecho
para hacer frente a la amenaza terrorista. Y desde luego, también
induce al análisis sobre la situación en Medio Oriente
y sobre las interminables venganzas y contravenganzas de ambas
partes, en un círculo que luce interminable.
La
premisa del filme es que la violencia genera más violencia.
Todo el desarrollo argumental está construido sobre un
cuestionamiento ético y moral que los propios personajes
se hacen a sí mismos y que concluye con una precisa y oportuna
escena en la que se expresa que el conflicto no concluirá,
porque es como cuando te cortas las uñas y te vuelven a
crecer. Y el contexto se ubica hace más de 30 años.
Lo
que nos llevamos clavada en nuestra menta es la imagen de las
Torres Gemelas de Nueva York al fondo, en una toma llena de peculiar
significado sobre el estado en que estamos parados en el concierto
mundial actual.
Estamos
frente a una película sobre la paz, que tiene el enorme
mérito de evitar simplicidades, de no caer en estereotipos,
de alejarse de satanizaciones. Lejos del panfleto politico, guarda
un asombroso equilibrio para mostrar las posiciones de las dos
partes en conflicto, con mesura, con sensatez, con prudencia,
porque ubica a los terroristas y a los agentes israelíes
que también tienen el objetivo de matar, como personas
de carne y hueso, como seres con familia, con sentimientos y con
una historia detrás.
En
palabras de Spielberg, consciente completamente de la complejidad
del campo politico del Medio Oriente, tratar de comprender un
asesinato, no significa aceptarlo. Entender no es sinónimo
de perdonar. Comprender no tiene nada que ver con una supuesta
debilidad.
Pero
Munich va todavía más
lejos: se erige como una auténtica metáfora sobre
la venganza, la culpa, sobre cómo la venganza es una espiral
que funciona en círculos y de cómo el matar acaba
matando el alma.
El
filme es igualmente un drama individual, de un personaje que se
cuestiona su actitud hacia la vida, su lealtad a su patria, su
compromiso con los seres que ama, que es víctima de un
estado de dolor y de angustia total, que, movido por buenas intenciones
desde su perspectiva, y por su sentido de lealtad, termina ahogado,
presa de la obsesión y la paranoia.
Steven
Spielberg ha decidido afrontar el gran riesgo de cuestionar la
política de Israel hacia los palestinos. El, un activista
judío que ha dedicado un gran esfuerzo y grandes cantidades
de dinero a la causa del pueblo judío, que creó
una fundación y fundó un museo, tuvo el coraje y
el valor suficientes para afrontar las consecuencias de los ataques
de la poderosa comunidad judio norteamericana.
El
autor de La Lista de Schindler, ha recibido injustamente
las ofensas del ala derechista del espectro politico norteamericano
y de los extremistas judíos, aquellos que ayudaron a convertir,
a con sus furibundos ataques, a La Pasión de Cristo
en un fenómeno de taquilla, que lo han acusado de ser un
pacifista ciego y un traidor a la causa de Israel.
Pero
lo que ha hecho Spielberg posee un enorme valor: pone sobre la
mesa posiciones profundamente arraigadas, y apela al diálogo
para acallar las armas y disminuir las muertes. Como él
mismo afirmó, si la película trastorna tanto a los
detractores radicales, deberían reflexionar sobre qué
es lo que les afecta de esa manera.
No
podemos concluir nuestro comentario sin elogiar la solidez del
guión que construye el relato a través de continuos
flash backs sobre los sucesos en Munich que se entrelazan con
la descripción de las acciones del grupo israelíe
que lleva a cabo el plan de venganza bautizado como La Ira de
Dios, y de la calidad narrativa de Spielberg, para apuntalar con
sus tomas y planos, el dramatismo y la profundidad de la historia,
y de tener al espectador amarrado a su butaca con el aliento entrecortado.
Afortunadamente,
Munich ha recibido los elogios casi
unánimes de la crítica seria estadunidense, y Spielberg
ha sido reconocido por la Academia de Hollywood, con su sexta
nominación al Oscar como mejor director (que ha ganado
dos veces, por La Lista de Schindler y Rescatando
al Soldado Ryan), así como del sindicato de directores
y de la Asociación de la Prensa Extranjera en Hollywood,
que entrega los Globos de Oro, que también lo nominaron
en esta misma categoría.