Precedida
de un éxito extraordinario, el documental francés
La Marcha de los Pingüinos constituye,
ante todo, una reveladora experiencia visual.
La
cinta refleja el auge que vive el género documental desde
hace tres años, a partir de que el audaz Michael Moore
sorprendiera con su aguda visión crítica contra
la proliferación de armas en Estados Unidos, Masacre
en Columbine (Bowling for Columbine), que le mereció
el Oscar al mejor documental. Su memorable discurso al recibir
la estatuilla, el 23 de marzo de 2003, pocos días después
de la invasion norteamericana a Irak y su arenga contra Bush,
dio la vuelta al mundo e impulsó a su valiente película
y con ello, contribuyó a abrir comercialmente las puertas
al género.
Su
siguiente paso fue Fahrenhet 9/11, un agresivo pero menos
rigorista y más sensacionalista crítica anti Bush
que expone los intereses económicos y los lazos de negocios
de la familia Bush con los jerarcas saudíes y cómo
se sembró la semilla de los ataques terroristas del 11
de septiembre. Fahrenheit
9/11 se convirtió en el documental más taquillero
de la historia, con recaudaciones de alrededor de 120 millones
de dólares en EUA.
Tras
la llegada de cintas documentales de calidad a los circuitos comerciales
del cine, como la francesa Alas de Sobrevivencia (Winged Migration),
Tocando la Cima (Touching the Void), la brillante Retratando
a los Friedmans (Capturing the Friedmans) o la memorable
Nacidos en el Burdel (Born Into Brothels), sin dejar de resaltar
Niebla de Guerra (The Fog of War), disponible en DVD,
el género demostró su potencial. Otro caso de popularidad
fue la engañosa Super Enngórdame (Super Size
Me).
Sin
embargo, La Marcha de los Pinguinos se erige como la gran revelación,
transformada en todo un fenómeno comercial, con ingresos
de 80 millones de dólares sólo en el mercado norteamericano,
que la ubican como el segundo documental más taquillero
de la historia, y una de las películas más redituables,
ya que su costo de producción osciló en un millón
de dólares.
La
Marcha de los Pingüinos narra los continuos,
largos y fatigosos viajes del pinguino emperador a través
del hielo y la brutal inclemencia del tiempo en la Antártida
en pleno invierno, para tener sus crías, en un trabajo
perfectamente coordinado entre el macho y la hembra, que se turnan
para cuidar primero al huevo y luego al polluelo, mientras el
otro va al mar a alimentarse.
Ante
todo, resultan verdaderamente admirables las tomas de la inhóspita
Antártida: la belleza de los paisajes, la minuciosidad
para enforcar en planos cerradas a estas formidables aves. Se
trata de un gran espectáculo visual que conmueve porque
es el retrato puro del milagro de la vida, de la maravilla del
orden de la naturaleza, de la elegía a la vida misma.
Sin
embargo, también tiene su parte débil. Al igual que
sucedía con otro documental naturalista francés, Microcosmos,
el filme presenta una evidente e injustificada falla: carece de
información científica. Prefiere dejar todo a las
imágenes, y la narración adolece de una necesaria
explicación del comportamiento, de las reacciones de los
pinguinos, de sus ciclos de vida y de reproducción.
El
tono deja entrever la típica pretenciosidad del cine francés,
al dar por hecho que el público conoce los pormenores de
la ciencia animal o, lo que es más grave, que no tiene
por qué conocerlos, lo que más bien refleja una
superficialidad.
Se
trata, pues, de una cinta de inneghable valor y de un peso de
trascendencia, pero limitada por sus propia forma expresiva de
soslayar la imagen, lo cual representa un error.
En
el caso de la version doblada al español, el daño
es mayor ya que las voces del hombre, mujer y niño se enfocan
a un lado simplista y bobalicón, sin la seriedad que el
caso requería. Cómo extraña uno los programas
de Discovery Channel.