Producción
chilena muy promovida mercadotécnicamente con la imagen
de la actriz uruguaya Bárbara Mori, estrella de las telenovelas
mexicanas, Pretendiendo es un ejemplo
de un cine limitado, y complaciente que busca no asumir riesgos
y cuya única apuesta es al lado comercial.
La trama se centra en una sensual mujer que decepcionada de los
hombres por el engaño de su novio, decide cambiar de apariencia
para lucir fea, por lo que se disfraza y maquilla para buscar
trabajo. Ahí conoce a un mujeriego que colecciona conquistas,
a quien decide darle una lección, por lo que lo seduce
volviendo a su personalidad original, sin que él sepa,
mínimamente sospeche, que se trata de la misma persona.
El resultado, sumamente predecible, es el consabido happy end.
El
objetivo obvio es manejar el sobado mensaje de que las personas
no valen por su apariencia física sino por sus valores
internos. Pero este discurso está dado de una manera tan
superficial, a través de lugares y frases comunes y los
clichés más recurridos, que se convierte en una
cinta hueca y banal.
El
relato es un monumento a la convencionalidad. Los diálogos,
las frases, el desarrollo de los personajes, sin mayor rigor psicológico,
no escapan de un esquema trillado.
El
director Claudio Dabed es incapaz de buscar cierto sentido dramático,
y su tono de comedia es simplista. De este modo, el filme no funciona
por ningún lado, e incluso la falta de solidez del guión
lo hace precipitarse de manera irremediable al despeñadero
en una secuencia final de una pobrísima resolución,
donde nada resulta ni siquiera creíble.
A
fin de cuentas, su supuesto mensaje moral acaba siendo contradictorio,
porque la mujer que vuelve loco al galán machista y lo
empuja a ser más romántico es de una sensualidad
arrolladora y sólo el despecho de ella lo hace refugiarse
en su amiga la fea.
Pero
más allá de la interpretación, que no resulta
relevante, el filme transcurre en la gris medianía., sin
ingenio ni sagacidad.
El
desarrollo argumental sólo consigue un producto ligero
que, eso sí, no resulta monótono ni chocante.
Es
decir, hay que reconocer, se trata de un producto que se ve con
amenidad, por lo que sirve para matar el tiempo.
Pero
es tan limitado como si se tratara de uno de aquellos episodios
de un melodrama convencional de televisión, con situaciones
común y corrientes, que acaba siendo totalmente intrascendente.
No
nos deja nada, ni siquiera una escena memorable; ni nos motiva,
ni nos emociona, ni como drama ni como comedia.
El
hecho que no aburra no la hace ser una obra de calidad. El concepto
de verdadero entretenimiento es mucho más que eso, es algo
que nos haga vibrar.
Los
mensajes son para los carteros. El cine debe comunicar ideas y
suscitar emociones.