Uno
de los recientes estrenos que más destacan por su solidez
narrrativa y la acertada recreación de una atmósfera
atrayente, es la coproducción estadunidense checa, filmada
en Praga, El Ilusionista (The Illusionist),
dirigida por Neil Burger, que conjunta una serie de elementos
que captan el interés del espectador y que conforman un
cuadro que se mueve con eficacia en diferentes aristas.
La
trama se centra en el imperio austro húngaro en los inicios
del siglo XX, en el que un mago adquiere una notoria celebridad,
por sus impresionantes actos. Al entablar una relación
con la prometida del príncipe heredero, una duquesa a quien
conoció en su infancia, provoca el acoso por parte del
monarca.
Lo
primero que hay que resaltar es que la cinta está trazada
con inteligencia, a través de un guión sólido
que describe con agudeza a sus personajes, lo que le da capacidad
de verosimilitud y vigor argumental.
Cada
escena y secuencia posee una fuerza intrínseca, que va
llevando a la audiencia por un camino pródigo en sorpresas
que nunca deja de ser llamativo.
El
Ilusionista es un testimonio del poder, del abuso
del poder monárquico en una sociedad que apenas se abría
paso a la democracia, y es también un manifiesto de la
ambición y la codicia individuales.
Pero
ante todo, es una historia de amor imposible, marcada por la adversidad
que establece la barrera de las diferencias sociales.
En
este sentido, el filme funciona como retrato de una época.determinada,
con alusiones a relaciones individuales que siguen siendo vigentes
porque refieren a aspectos muy propios de la naturaleza humana.
Uno
de los componentes más ricos de la película lo forman
las escenas de los actos de magia con los que el ilusionista Eisenheim,
deslumbra a la audiencia y va convirtiéndose en una leyenda.
Siempre
queda el halo de lo insólito sobre si sus actos son simples
trucos o efectos de ilusión, o si se trata, en efecto,
de un mago con poderes sobrenaturales.
Esta
es una de las más firmes cualidades de la cinta: siempre
oscila entre la realidad y la ficción, enmedio de una atmósfera
de suspenso en el que prevalece una dosis de misterio.
El
director Burger tiene el cuidado de no presentar el relato a través
de hechos irreales directos, de guardar mesura para no caer en
excesos, para no jugar con supercherías o intentar manipular
con el manejo de supersticiones baratas.
No
hay conclusiones determinantes, sólo insinuaciones por
las que cada espectador tiene la libertad de obtener sus propias
conclusiones.
El
final resulta sorpresivo y quizás tiene el defecto de la
complacencia, ya que es cierto que los sucesos se explican de
manera muy rápida, dejando vacíos argumentales,
sin el rigor con el que la trama se había desarrollado.
Es
decir, nos topamos con un final precipitado, pero sin duda, sorpresivo.
A
fin de cuentas, nos queda una realización sólida,
siempre atrayente e inteligente, que destaca sobre el resto de
una cartelera agobiada por la medianía.
Una
de las razones por las que el El llusionista
resulta tan funcional es por un reparto que se desenvuelve con
sobrada soltura, encabezado por el muy brillante Edward Norton,
bien respaldado por el versátil Paul Giamatti, Rufus Sewell
y la muy guapa Jessica Biel, que de la popular serie de TV, 7th
Heaven, dio el salto al cine, con películas olvidables
como Stealth o Elizabethtown, y que sin duda,
ha conseguido aquí su mayor logro.