El
prolífico Roberto Benigni, director, guionista y actor
de sus películas, quien acaba de cumplir 54 años
de edad, nos ofrece su segunda película tras el impresionante
éxito de la mítica La Vida es Bella (1997),
y tres años después de su estrepitoso fracaso artístico
y comercial con su descabellado Pinocho (2002).
Ahora,
con El Tigre y la Nieve, este cineasta
italiano nos cuenta una historia con dos vertientes fundamentales:
es una historia de amor y es un testimonio de la guerra en Irak.
El
proyecto, sin duda, era tan riesgoso como audaz. Benigni vuelve
a recurrir a su dosis humorística para construir una fábula
sobre el amor y la lucha por la libertad.
Para
ello, muestra en ocasiones, el ingenio que tanto deslumbró
en la oscareada La Vida es Bella, pero a diferencia de
la creatividad de la que hizo gala en esa memorable obra, en esta
ocasión son notorias sus limitaciones para convencer y
entusiasmar a la audiencia.
Sin
embargo, también hay que reconocer que sus cualidades surgen
de manera nítida aunque de manera inconsistente. Se trata
de una película de hallazgos pero de propuestas fallidas,
de virtudes y defectos.
Y
es que estamos frente a una cinta que se divide en dos ejes, que
transita por dos caminos diferentes y paradójicos en cuanto
a sus resultados.
Por
un lado, tenemos la historia de amor, la obsesión del personaje
central, el poeta Attilio, por una recatada mujer que lo evade.
Este
punto temático marca el inicio de la película, a
través de la recreación de un sueño en el
que la pareja celebra su matrimonio en un jardín: ella
vestida de novia y él en calzoncillos, en una escena fallida
donde la vis cómica es bastante floja.
Esta
historia de amor también cierra el relato con la misma
torpeza: no hay emotividad, no hay intensidad para transmitir
la pasión que Attilio de Giovanni siente por la mujer,
y la relación nos resulta más bien extraña.
Pero
el filme se mueve en un segundo nivel argumental, que indudablemente
resulta mucho más funcional y efectivo: se ubica en Bagdad
(aunque las escenas fueron filmadas en Túnez), poco después
de la invasión de las tropas estadunidenses.
Es
aquí donde descubrimos otra película: Benigni nos
recuerda por momentos su La Vida es Bella en su visión
crítica y paródica contra el horror de la guerra,
en su postura antibélica y en su manifiesto por la libertad.
Benigni
construye un testimonio crítico contra Bush y la torpe,
absurda y cruel guerra en Irak: muestra la destrucción
del país, la amenaza cotidiana del terror, se burla del
pretexto esgrimido por el presidente norteamericano de la presencia
de armas de destrucción masiva. El Bagdad de Benigni es
una ciudad desolada y destruida, donde sus habitants, ahogados
en la desesperanza, a veces prefieren elegir el suicidio.
Es
en este escenario de guerra, donde Benigni acierta su puntería,
aunque sin la sagacidad paródica de La Vida es Bella.
Es
también en este ámbito en el que sí transmite
la sensación del amor total de su personaje por una mujer,
por la que ofrece su sacrificio y no vacila en afrontar todos
los peligros.
Pero
el filme regresa a su punto inicial, a Roma, donde los personajes
vuelven a mostrar una cotidianidad gélida, incapaz de motivar
al espectador.
Película
de constrastes, a veces de cierta banalidad pero valiosa por su
virtud de poseer una visión anti bélica, una postura
valiente en el contexto político actual.