Audaz,
sugestiva, de una complejidad temática siempre atrayente,
la coproducción británico estadunidense El
Gran Truco (The Prestige) es de esas obras que tiene
el innegable mérito de inducir al espectador a asumir una
postura activa, a echar a un lado su pasividad, a participar en
los saltos sorpresivos del relato, a envolverse en una historia
tan peculiar como misteriosa.
Ubicada
a fines del siglo XIX en los escenarios teatrales de Londres,
la trama aborda la confrontación pemanente de dos grandes
y célebres magos por hacer los trucos más espectaculares
y atraer mayor cantidad de público.
Al
estilo de otra cinta de reciente estreno de similar tema, El
Ilusionista, que acaece en la misma época, basa su
esencia visual en los efectos de magia, como ilusión o
como realidad, y trastoca la línea divisoria que separa
ambas dimensiones.
Pero
mientras ésta es fundamentalmente una apasionada historia
de amor, El Gran Truco es la historia
de una irracional rivalidad.
Lo
que básicamente nos cuenta es una historia de obsesión.
Es el férreo deseo de competencia que conduce a los dos
enigmáticos personajes a una peligrosa competencia que
desembocará en una tragedia.
Es
un drama que roza sentimientos humanos y toca el lado oscuro del
ser humano, conducido por el egoísmo y la soberbia.
En
este sentido, el relato funciona con eficacia, enriquecido por
una atmósfera arcana y provocativa, caracterizada por un
sugestivo tono oscuro, aunque a veces no del todo justificado.
El
director inglés Christopher Nolan, quien se dio a conocer
con la experimental e imaginativa Amnesia (Memento),
a la que siguió la no menos interesante Insomnia para luego
dar el brinco afortunado a los grandes estudios con Batman
Inicia (Batman Begins), que confirmó su talento, vuelve
a mostrar su calidad en esta nueva producción de elevado
presupusto.
Estamos
frente a uno de los estrenos más significativos y relevantes
del año, tanto por su línea argumental como por
su estilo visual.
Sin
embargo, el filme posee sus propias limitaciones que le impiden
crecer como una obra más redonda, más completa.
Una desmenuzación de su desarrollo narrativo nos remite
a una cinta madura, sólida en su relato.
Pero
lo que le falta es algo que se esconde más allá
de la formalidad o de lo tangible de las tomas y los diálogos:
le hace falta alma, encanto. Hace falta que la película
nos seduzca verdaderamente. Nos interesa pero no nos conmueve.
Por
ello, en lo personal prefiero la mayor emotividad de El Ilusionista.
Hay una razón esencial: los actos de magia son más
cautivadores, tocan directamente nuestras emociones. En El
Gran Truco, se presentan de cierto modo, algo mecánicos,
fríos, y esa es la diferencia entre ambas producciones.
Lo
que sí funciona, con sobrada eficacia, es el reparto, uno
de los grandes atractivos de la película, conformado por
el australiano Hugh Jackman; el galés Christian Bale, quien
encarnó al nuevo Batman, bajo las órdenes del mismo
Nolan; la bellísima y muy talentosa Scarlett Johansson,
espléndida a sus 21 años de edad, y ese brillante
caballero de la actuación que es el inglés Michael
Caine.