Llega
simultáneamente a las pantallas de todo el mundo, la versión
cinematográfica de la exitosísima novela del norteamericano
Dan Brown, El Código Da Vinci,
que se ha convertido en un auténtico fenómeno comercial
de proporciones gigantescas: más de 45 millones de ejemplares
vendidos en 30 idiomas y tres años consecutivos encabezando
las listas de best sellers en Estados Unidos.
Ante
este impresionante impacto, su traslado al cine era inminente.
La Columbia Pictures, propiedad del emporio Sony, destinó
un presupuesto de alrededor de 120 millones de dólares,
con un reparto internacional, y montó una amplia campaña
publicitaria, que incluyó trailers con varios
meses de anticipación, por cierto, brillantemente concebidos.
Precedida
por una gran polémica por la condena de El Vaticano y de
organizaciones católicas como el Opus Dei, a la que le
lanza críticas muy negativas, la película fue elegida
para inaugurar el pasado 17 de mayo nada menos que el más
importante y prestigiado festival de cinematográfico, el
de Cannes, más por razones mercadotécnicas que de
calidad artística.
El
resultado es limitado, pero es simplemente, el esperado, al ser
una adaptación fidedigna del best seller. Ni decepciona
ni resulta una obra mediocre, pero tampoco destaca por su calidad.
Se
trata de un producto abiertamente artesanal, que cumple con su
objetivo único: llevar al cine este relato de trama enredada,
pero de estructura narrativa muy sencilla.
El
director Ron Howard cumple su trabajo para el que fue contratado
con un jugoso sueldo: respeta la línea argumental, trata
de ser lo más literal posible, busca abarcar los mayores
aspectos contenidos en el libro y por ello, nos ofrece una cinta
de 2 horas y media de duración sobre una novela de 400
páginas.
No
hay impulso creativo en el trabajo del cineasta. No intenta plasmar
el espíritu de la novela para desarrollar algo más
elaborado, ni retomar los caracteres de los personajes, ni mucho
menos, desarrollar una metáfora inspirada en su historia.
Todo
queda claro desde el principio: lo que busca es realizar una adaptación
muy aproximada al libro, para no defraudar a sus millones de lectores
y para atrapar a los que no lo leyeron, a partir de las mismas
reglas y el mismo camino que siguió Dan Brown para lograr
tan espectacular éxito.
Este
antiguo profesor de inglés decidió hace 10 años
retirarse del trabajo para dedicarse a escribir, cuando había
cumplido 32 años de edad. Decía tener la clave segura
para escribir un best seller, desde su primera novela, La
Fortaleza Digital, a la que le siguió, con mejores
ventas, Angeles y Demonios, en la que ya aparecía
el personaje central de Robert Langdon de El Código
Da Vinci, con la ya dio en el clavo de manera arrolladora.
Interesado
desde siempre en las sociedades secretas y atraído por
las teorías de los códigos ocultos, Brown concibió
El Código Da Vinci reuniendo una serie de elementos a través
de una mezcla de acción, historia y misticismo.
¿Cuáles
son estos elementos que lo convirtieron en un singular éxito?:
Dosis de misterio, una trama de complots y conspiraciones, referencias
a sociedades secretas y la leyenda del Santo Grial, inumerables
pistas para el lector y un esoterismo que maneja mitos religiosos,
simbología y criptografía.
Pero
el punto esencial, sin duda, es su audacia para plantear el tema
de la supuesta unión entre Jesús, presentado como
un mortal, y María Magdalena, que supuestamente tienen
una descendencia que perdura hasta nuestra época.
Tales
aspectos están diseminados en una estructura narrativa
de fácil lectura, sin lenguaje rebuscado, que proporciona
de manera constante una tan vasta como inútil información
de detalles mínimos que hacen suponer al lector poco avispado
que recibe información valiosa; con capítulos muy
cortos, que terminan siempre con una interrogante y con un misterio
que resolver. Sin mayores atributos literarios, el libro posee
la cualidad de enganchar a quien comience a leerlo.
Sin
duda, hay que reconocer esa habilidad del escritor para jugar
con el lector, para atraparlo, para saber tomarlo de la mano y
no soltarlo hasta el final, para lo cual lo conduce a través
de inumerables trampas, sin importar las propias inconsistencias
argumentales e incoherencias temáticas que son recurrentes.
Pues
bien, esta misma formula se emplea en la película, que
sufre de las mismas debilidades y errores, que adolece de un final
muy débil, y que también entretiene al espectador,
lo pica, lo mete en la trama, pero sin inteligencia y sobre todo,
sin capacidad de convicción, con excepción (los
hay) de quienes sienten cuestionada su fe.
Así,
con un flojo desarrollo temático que no resiste un análisis
serio por sus salidas tan fáciles, las inverosímiles
escapatorias y el tramposo juego laberíntico de pistas
y pistas que a veces cae en el absurdo. la cinta termina siendo
sólo un mero vehículo de entretenimiento.
Como
no aporta nada novedoso, para aquellos que ya leyeron el libro
y que conocen la trama, el filme pierde toda emoción, por
lo que verla resulta un ejercicio un cuanto tanto innecesario.
Ron
Howard se ha dedicado a cumplir, hay que insistir, un encargo
comercial; Logra algunas escenas o tomas más que interesantes
que nos dejan entrever su talento visual, y los momentos en los
que recrea secuencias del pasado, ciertamente son efectivas, pero
no hay mayor lucidez y es evidente que no se preocupó por
lograr un producto redondo.
Con
una trayectoria de casi tres décadas como director de cine,
este ex niño actor mostró su pericia desde la muy
agradable Splash (84), y nos ha dado no pocas pruebas
de su eficacia y sus buenas dotes, que le han permitido crear
realizaciones relevantes como Apolo 13, El Grinch
(Dr. Seuss How the Grinch Stole Christmas), o Una
Mente Brillante (A Beautiful Mind), por la que ganó
el Oscar.
No
exento de tropiezos como Ed TV o El Periódico
(The Paper), o su anterior cinta, Las Desapariciones
(The Missing), Howard se ha dedicado en esta ocasión
a cumplir los requerimientos de los productores, sin buscar ni
sagacidad ni mayor trascendencia artística.
Lo mismo se puede decir del reparto: el siempre brillante Tom
Hanks y la francesa de Amélie, Audrey Tatou, se
dedican a cumplir, con cierto desgano, al igual que Jean Reno.
Destacan un poco más, los ingleses Ian McKellen y Paul
Bettany, a quien recordamos en Capitán de Mar y Guerra
(Master and Commander: The Far Side of the World), quien
es quizás el que mejor desempeña su papel, como
el malvado fanático Silas.