La Crítica de la Semana Mayo de 2006

EL CÓDIGO DA VINCI
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Llega simultáneamente a las pantallas de todo el mundo, la versión cinematográfica de la exitosísima novela del norteamericano Dan Brown, El Código Da Vinci, que se ha convertido en un auténtico fenómeno comercial de proporciones gigantescas: más de 45 millones de ejemplares vendidos en 30 idiomas y tres años consecutivos encabezando las listas de best sellers en Estados Unidos.

Ante este impresionante impacto, su traslado al cine era inminente. La Columbia Pictures, propiedad del emporio Sony, destinó un presupuesto de alrededor de 120 millones de dólares, con un reparto internacional, y montó una amplia campaña publicitaria, que incluyó trailers con varios meses de anticipación, por cierto, brillantemente concebidos.

Precedida por una gran polémica por la condena de El Vaticano y de organizaciones católicas como el Opus Dei, a la que le lanza críticas muy negativas, la película fue elegida para inaugurar el pasado 17 de mayo nada menos que el más importante y prestigiado festival de cinematográfico, el de Cannes, más por razones mercadotécnicas que de calidad artística.

El resultado es limitado, pero es simplemente, el esperado, al ser una adaptación fidedigna del best seller. Ni decepciona ni resulta una obra mediocre, pero tampoco destaca por su calidad.

Se trata de un producto abiertamente artesanal, que cumple con su objetivo único: llevar al cine este relato de trama enredada, pero de estructura narrativa muy sencilla.

El director Ron Howard cumple su trabajo para el que fue contratado con un jugoso sueldo: respeta la línea argumental, trata de ser lo más literal posible, busca abarcar los mayores aspectos contenidos en el libro y por ello, nos ofrece una cinta de 2 horas y media de duración sobre una novela de 400 páginas.

No hay impulso creativo en el trabajo del cineasta. No intenta plasmar el espíritu de la novela para desarrollar algo más elaborado, ni retomar los caracteres de los personajes, ni mucho menos, desarrollar una metáfora inspirada en su historia.

Todo queda claro desde el principio: lo que busca es realizar una adaptación muy aproximada al libro, para no defraudar a sus millones de lectores y para atrapar a los que no lo leyeron, a partir de las mismas reglas y el mismo camino que siguió Dan Brown para lograr tan espectacular éxito.

Este antiguo profesor de inglés decidió hace 10 años retirarse del trabajo para dedicarse a escribir, cuando había cumplido 32 años de edad. Decía tener la clave segura para escribir un best seller, desde su primera novela, La Fortaleza Digital, a la que le siguió, con mejores ventas, Angeles y Demonios, en la que ya aparecía el personaje central de Robert Langdon de El Código Da Vinci, con la ya dio en el clavo de manera arrolladora.

Interesado desde siempre en las sociedades secretas y atraído por las teorías de los códigos ocultos, Brown concibió El Código Da Vinci reuniendo una serie de elementos a través de una mezcla de acción, historia y misticismo.

¿Cuáles son estos elementos que lo convirtieron en un singular éxito?: Dosis de misterio, una trama de complots y conspiraciones, referencias a sociedades secretas y la leyenda del Santo Grial, inumerables pistas para el lector y un esoterismo que maneja mitos religiosos, simbología y criptografía.

Pero el punto esencial, sin duda, es su audacia para plantear el tema de la supuesta unión entre Jesús, presentado como un mortal, y María Magdalena, que supuestamente tienen una descendencia que perdura hasta nuestra época.

Tales aspectos están diseminados en una estructura narrativa de fácil lectura, sin lenguaje rebuscado, que proporciona de manera constante una tan vasta como inútil información de detalles mínimos que hacen suponer al lector poco avispado que recibe información valiosa; con capítulos muy cortos, que terminan siempre con una interrogante y con un misterio que resolver. Sin mayores atributos literarios, el libro posee la cualidad de enganchar a quien comience a leerlo.

Sin duda, hay que reconocer esa habilidad del escritor para jugar con el lector, para atraparlo, para saber tomarlo de la mano y no soltarlo hasta el final, para lo cual lo conduce a través de inumerables trampas, sin importar las propias inconsistencias argumentales e incoherencias temáticas que son recurrentes.

Pues bien, esta misma formula se emplea en la película, que sufre de las mismas debilidades y errores, que adolece de un final muy débil, y que también entretiene al espectador, lo pica, lo mete en la trama, pero sin inteligencia y sobre todo, sin capacidad de convicción, con excepción (los hay) de quienes sienten cuestionada su fe.

Así, con un flojo desarrollo temático que no resiste un análisis serio por sus salidas tan fáciles, las inverosímiles escapatorias y el tramposo juego laberíntico de pistas y pistas que a veces cae en el absurdo. la cinta termina siendo sólo un mero vehículo de entretenimiento.

Como no aporta nada novedoso, para aquellos que ya leyeron el libro y que conocen la trama, el filme pierde toda emoción, por lo que verla resulta un ejercicio un cuanto tanto innecesario.

Ron Howard se ha dedicado a cumplir, hay que insistir, un encargo comercial; Logra algunas escenas o tomas más que interesantes que nos dejan entrever su talento visual, y los momentos en los que recrea secuencias del pasado, ciertamente son efectivas, pero no hay mayor lucidez y es evidente que no se preocupó por lograr un producto redondo.

Con una trayectoria de casi tres décadas como director de cine, este ex niño actor mostró su pericia desde la muy agradable Splash (84), y nos ha dado no pocas pruebas de su eficacia y sus buenas dotes, que le han permitido crear realizaciones relevantes como Apolo 13, El Grinch (Dr. Seuss’ How the Grinch Stole Christmas), o Una Mente Brillante (A Beautiful Mind), por la que ganó el Oscar.

No exento de tropiezos como Ed TV o El Periódico (The Paper), o su anterior cinta, Las Desapariciones (The Missing), Howard se ha dedicado en esta ocasión a cumplir los requerimientos de los productores, sin buscar ni sagacidad ni mayor trascendencia artística.

Lo mismo se puede decir del reparto: el siempre brillante Tom Hanks y la francesa de Amélie, Audrey Tatou, se dedican a cumplir, con cierto desgano, al igual que Jean Reno. Destacan un poco más, los ingleses Ian McKellen y Paul Bettany, a quien recordamos en Capitán de Mar y Guerra (Master and Commander: The Far Side of the World), quien es quizás el que mejor desempeña su papel, como el malvado fanático Silas.

 
     
 

The Da Vinci Code

(Película estadunidense dirigida por Ron Howard con guión de Akiva Goldsman basado en la novela homónima de Dan Brown; Fotografía: Salvatore Totino; Música: Hans Zimmer; Edición: Mike Hill y Daniel P. Hanley. Intérpretes: Tom Hanks, Audrey Tatou, Jean Reno, Ian McKellen, Paul Bettany, Jean Reno, Alfred Molina, Jurgen Prochnow y Etienne Chicot) (Sony Columbia Pictures, 2006)

 
     
  Eduardo Marín Conde  
 

 




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 Última actualización 22 de Mayo de 2006.