En
la tendencia de realizar películas basadas en populares
series televisivas, que ha proliferado desde hace ya varios años,
sobre todo a partir de El Fugitivo (1993), Hollywood
trasladó a la pantalla grande, a nivel de gran producción,
Misión: Imposible, aplicando
toda una gama de efectos especiales, en medio de espectaculares
locaciones, para darle vida a esta trama sobre espías y
conspiraciones de pletórica acción, al puro estilo
de las cintas de James Bond.
Bajo
la dirección del famoso Brian de Palma, la primera película
surgió en 1996, cuyo éxito obligó a una secuela
cuatro años más tarde, ahora bajo la batuta del
especialista en cine de acción, el chino John Woo.
La
tercera parte de esta serie era inevitable. Seis años después,
un nuevo director aparece en escena: J. J. Abrams, en su debut
cinematográfico, avalado por buenas cartas de su amplia
experiencia en la televisión, ya que es nada menos que
el realizador de los pilotos y director de varios capítulos
de las aclamadas Alias y Lost, esta última ganadora
del Emmy y del Globo de Oro como mejor serie de drama.
Si
el realizador ha cambiado, el protagonista de Misión:
Imposible, por supuesto, sigue siendo el mismo,
por cuestiones mercadotécnicas: Tom Cruise, quien también
funge como co productor, lo que le ha redituado en una carretada
de dólares. Convertido en el máximo estrella comercial
de Hollywood, ha sido el gancho indiscutible de taquilla en la
tres producciones, con su imagen sexualizada.
El
estilo narrativo es el mismo: ritmo torrencial, cortes incesantes,
sofisticados elementos visuales para recrear el glamour (autos,
ropa, mansiones de lujo), bellas mujeres, una buena dosis de persecuciones,
explosiones y autos destruidos, y las situaciones extremas en
las que el protagonista central se ubica al borde del peligro.
La
formula es clara: brindarle al espectador una acción incesante,
para levantarle su adrenalina desde la comodidad de su butaca.
El
resultado en todos los casos es, por lo tanto, muy similar. No
se puede esperar más. Son dos horas de entretenimiento,
adecuado para matar el tiempo, pero sin ninguna expectativa de
calidad artística ni de profundidad en el contenido. Su
propósito no es el realismo sino el espectáculo.
El
objetivo es la diversión, lograr que el espectador pase
el rato, a través de un producto de ficción, y a
qué dudarlo, éste se cumple satisfactoriamente,
lo cual es un mérito y también una de las funciones
intrínsecas del cine.
Pero
nada más. Al momento de prenderse las luces de la sala,
hemos olvidado la película, la trama no trasciende. Ni
nos ha conmovido ni nos ha dejado huella.
Es
sólo una fórmula para desgastar el tiempo y para
olvidarnos momentáneamente de nuestros problemas y tensiones
cotidianas.
Entretenimiento
instantáneo y fugaz, pero necesario. Al carecer de otro
tipo de pretensiones, ello resulta, incuestionablemente válido.
Ahora
bien, sin salirse de este esquema y dentro de sus propias limitaciones,
incluyendo la poca inteligencia de los diálogos, hay que
reconocer que esta tercera parte de la serie posee una ventaja
sobre las dos anteriores: un desarrollo temático más
complejo, un poco más elaborado, incluyendo el manejo de
los tiempos narrativos, ya que prácticamente todo el relato
transcurre en flash back, y la historia se abre con una escena
climática, que también va a marcar el cierre de
la trama.
Ello
obedece al estilo del director Abrams, muy recurrido en la serie
televisiva Alias, y en este sentido, su elección
para dirigir esta superproducción ha resultado un singular
acierto.
Otra
cualidad es la conformación del personaje del villano,
encarnado nada menos que por el ganador del Oscar al mejor actor
estelar por Capote, Philippe Seymour Hoffman. En este
tipo de cintas de acción, los villanos desempeñan
un papel clave para su impacto en las audiencias, y el ejemplo
cumbre de ello lo encontramos en el caracter de El Guasón
(Jocker) que encarnó Jack Nicholson en la primera película
de Batman.