Una
de las más importantes y brillantes cintas del año
lo es, sin duda alguna, Buenas Noches, Buena Suerte
(Good Night, and Good Luck), la inteligente obra
escrita, dirigida e interpretada por el famoso George Clooney,
quien en su segunda incursión detrás de las cámaras,
tras Confesiones de una Mente Peligrosa (Confessions of a
Dangerous Mind), nos ofrece una admirable obra basada en
hechos reales ocurridos en la década de los 50, cuando
el comentarista de televisión Edward R. Murrow se enfrenó
al poderoso y temible senador Joseph McCarthy, quien emprendió
una brutal represión contra quienes consideraba simpatizantes
de la causa comunista.
Con
asombrosa consistencia y sentido de precisión, el filme
plantea, en sólo 90 minutos, los programas que Murrow y
su equipo de la CBS realizaron contra el senador y su obsesiva
cacería de brujas que derivó en una de las épocas
más grises en la historia norteamericana del siglo XX.
Se trata de un valioso documento que nunca se desvía de
su objetivo para denunciar la política represiva que atentó
contra las más elementales garantías individuales.
El
filme toca diversos ámbitos y pone el dedo en la llaga
en los aspectos más relevantes: la lucha de la defensa
de la libertad de expresión, la presión política
sobre los medios de comunicación, el papel del Estado contra
los derechos de sus propios individuos a partir de de la creación
de una atmósfera de terror, las complicidades políticas.
La
trama ubica con precisión el contexto político surgido
tras la II Guerra Mundial que permitió aflorar una política
persecutoria que se cobró miles de víctimas, de
personas a quienes se les envió a prisión, perdieron
sus empleos y vieron sus vidas destruidas.
Como
testimonio de denuncia, la película cobra un gran valor
por su vigencia hoy en día, bajo las circunstancias políticas
que se viven en Estados Unidos, donde bajo el pretexto de la lucha
contra el terrorismo, se ha ejercido la presión censora
sobre la labor informativa de los medios de comunicación,
se ha creado un clima de paranoia que favorece el autoritarismo
y sobre todo, se han adoptado medidas de injerencia en la vidas
privadas.
Un
fantasma amenaza Estados Unidos: el fantasma contra la libertad
individual, que ha sido el pilar de la sociedad norteamericana.
Clooney
se revela como un artista en todo el sentido de la palabra. Lo
que nos ofrece es una dirección madura, sólida,
como si se tratara de la obra de un cineasta de gran experiencia
y sapiencia. Es el resultado de una labor de compromiso social
y político (avivado, indudablemente, por la propia actitud
del gobierno de Bush y su invasión a Irak).
Clooney
ha legado un filme sin concesiones ni convencionalismos, pero
sobre todo, firme en su propuesta artística. Para ello,
afrontó el riesgo de filmarla en blanco y negro, a pesar
de la visión anti comercial que ello conlleva, con el propósito
de darle, en cambio, un tono de mayor peso documental y validez
histórica.
Para
ello, renunció a su habitual salario, y cobró, al
igual que el resto del reparto, un sueldo inferior. El resultado
vale mucho la pena y justifica el sacrificio y el riesgo.
Nominada
en seis categorías del Oscar, incluyendo mejor director,
actor estelar para David Strathairn, guión original, foto
y dirección de arte, además, desde luego, de mejor
película, al igual que otras tres de bajo presupuesto y
producción independiente (Brokeback Mountain, Crash
y Capote), es un reflejo de la otra cara del cine norteamericano,
el de mayor diversidad en el orbe.