Dentro
de la veta de comedias románticas de Hollywood, que ofrece
una gran cantidad de realizaciones mediocres, se dan cintas de
gran éxito comercial pero de limitada calidad y pobres
resultados. Ello se debe principalmente al carisma de los actores,
a una trama agradable pero poco sustantiva o a una serie de situaciones
simpáticas aunque de escaso ingenio y corta inteligencia.
Es
decir, son productos típicos para matar el tiempo, de fácil
entretenimiento para el público masivo, pero insustanciales
y huecos.
Este
es precisamente el caso el caso, como sucedió el año
pasado con la anodina Virgen a los 40 Años (The 40
Year Old Virgin), de Viviendo con mi Ex (The
Break-Up), una realización ligera y simplista
que ha funcionado de manera óptima en el box office, superando
la barrera de los 100 millones de dólares de ingresos en
Estados Unidos.
El
relato aborda una historia sencilla: una pareja de amantes decide
romper su relación, pero ni él ni ella ceden para
dejar el departamento que comparten, por lo que simplemente acuerdan
seguir viviendo juntos, como room mates. Tal escenario da origen
a situaciones extremas cuyo potencial podría haber resultado
realmente graciosos.
La
película funciona como entretenimiento menor por lo que
el espectador siempre está a la expectativa de ver qué
sucederá, ya que el argumento en sí mismo ofrece
un continuo juego de sorpresas. Sin embargo, las expectativas
se quedan a medias, por lo que funciona sólo en ratos aislados
y siempre se queda a medio camino.
Es
decir, estamos frente a una obra fallida, en la que el relato
posee un atractivo en sí mismo pero que nunca cumple lo
que promete, debido a la falta de chispa y de verdadero ingenio.
Es
cierto que posee cierta frescura, pero carece de escenas que resulten
verdaderamente memorables, de momentos que le den alma, como debe
suceder con todas las grandes comedias, y para ello, baste recordar
la inolvidable escena del orgasmo fingido en Harry y Sally
(When Harry Met Sally).
En
cambio, Viviendo con mi Ex no posee esos momentos culminantes.
Las escenas siempre se atoran en una resolución banal,
por lo que es incapaz de trascender.
Eso
sí, en términos generales y poco exigentes, es amena
porque hay agilidad narrativa por parte del director Peyton Reed,
quien cumple su papel como el buen artesano que es, como lo demostró
en sus películas Triunfos Robados (Bring it On) y Abajo
el Amor (Down With Love).
Pero
además, la cinta tiene la ventaja del innegable carisma
de la muy hermosa Jennifer Aniston, la célebre actriz de
la famosa serie de TV, Friends, cuyo talento histriónico
es mayor de lo que suponemos, como lo mostró en la cinta
independiente La Buena Chica (The Good Girl), aunque
ha tenido innumerables tropiezos en películas fallidas.
Pero es un encanto que cubre la pantalla y que gratifica la vista,
y sin duda es muy superior a su compañero y limitado actor
Vince Vaughn, con quien, por cierto, también sostiene un
romance en la vida real, tras su dolorosa ruptura con Brad Pitt.
En
resumen, se trata de una película que se ve con agrado
pero que acaba siendo vacía, irrelevante y poco gratificante,
siempre considerándola como lo que es: una comedia de entretenimiento,
pero no hay que olvidar que este término debe ir siempre
más allá del simple hecho de no aburrirse.