Basado
en la película homónima realizada hace exactamente
30 años, regresa a las pantallas La Profecía
(The Omen), en un relato que respeta la esencia
y el desarrollo argumental del filme original (no en vano los
dos guiones estan escritos por David Seltzer) sobre el nacimiento
del Anticristo y el cumplimiento de las profecías apocalípticas.
Independientemente
de las creencias religiosas de cada persona, la trama basa su
impacto en la idea de la aparición del mal como un elemento
destructivo e incontrolable en las vidas humanas.
De manera particular, resulta inquietante el manejo argumental
de la figura del hijo pequeño como elemento maligno que
se vuelca en contra de sus supuestos padres y les ocasiona su
muerte.
El
filme debe contextualizarse en dos aspectos fundamentales claramente
divididos: el contenido, en el que prevalece un enfoque sobre
la inevitabilidad del fin del mundo ante la impotencia de la Iglesia,
y su desarrollo narrativo, en el que se tornan verosímiles
los acontecimientos que vemos en pantalla, por lo que se establece
un vínculo con el espectador, más allá de
su inclinación religiosa.
Esa
es precisamente una función esencial del cine como medio
de arte y entretenimiento que atrae al público masivo.
Y es dicha función la que este remake de La
Profecía cumple cabalmente con innegable
eficacia, bajo la habilidosa conducción del irlandés
John Moore, el realizador de Tras Líneas Enemigas (Behind
Enemy Lines), en la que, dentro del género bélico,
se centraba igualmente en el temor y el miedo que se suscitan
en el ser humano ante situaciones que escapan de su control y
la presencia de la muerte.
Por
su capacidad para crear una atmósfera de suspenso que nos
atrapa, el filme es acertado y preciso, pero es también
cierto que se le puede acusar de efectivista, al utilizar trampas
de tendencia manipuladora.
Su
objetivo es envolver al espectador, a través de efectos
inmediatos, pero que no trascienden porque la propia trama es
de corto alcance y no induce una reflexión mayor ni de
alcances más serios, como sí los tenía, para
describir la perversidad del ser humano, El Bebé de
Rosemary, de Roman Polanski, la indudable iniciadora del
subgénero que bien podríamos llamar satánico.
Al
igual que la cinta original, que dirigió en 1976 el también
realizador del Superman original, y cuyo resultado con esta nueva
versión es muy similar, no hay que buscarle mucho referencias
a la situación política actual o a la presidencia
de Bush ni a la amenaza terrorista, porque cuando un profesional
de la industria cinematográfica, como en este caso, sólo
busca ganarse su sueldo y lograr el éxito comercial, manejando
correctamente ciertos elementos dramaticos, no hay que empeñarse
en buscar significados ocultos donde sólo existe el suspenso.
Su
trasfondo ideológico es escaso y su testimonio de denuncia
a la corrupción e hipocresía de los aparatos politicos
y eclesiásticos es limitada.
No
va por ahí su relevancia. En cambio, como apuntábamos
líneas arriba, su cualidad radica en esa habilidad narrativa
para mantener al espectador adentrado en la trama.