En
la línea temática de reflejar la violencia intrínseca
en el ser humano, preocupado por sus obsesiones sobre la ambición,
la soberbia, la traición y el ejercicio del poder dominante
en las relaciones grupales, el cineasta norteamericano Martin
Scorsese nos ofrece, fiel a su estilo narrativo grandilocuente,
una auténtica obra maestra.
Con
Los Infiltrados (The Departed) alcanza
la cumbre de su arte. Ni más ni menos, sin exageraciones
ni calificativos lanzados a la ligera, estamos frente a un prodigioso
trabajo artístico, un imponente fresco visual y estilístico
que revitaliza al cine mismo.
El
filme es un testimonio del lado oscuro del ser humano y de las
perversiones a las que lo derivan el uso de la violencia irracional,
pero también es un manifiesto de la solidaridad grupal,
de la defensa de códigos de ética, y a fin de cuentas,
es una historia de amistades y traiciones.
La mirada de Scorsese no permite convencionalismos ni concesiones
gratuitas al espectador. Crudo, directo, el camino de la violencia
se utiliza como recurso fundamental para darle cohesión
y justificación a un relato cargado de intensidad.
Pero
no hay escenas innecesarias ni mucho menos el uso grotesco de
la violencia como producto sensacionalista. Al contrario, se convierte
en catalizadora de emociones y reacciones individuales, y en un
medio para la aplicación de normas de conducta coherentemente
enmarcadas en la realidad urbana contemporánea.
En
ese sentido, la violencia funciona como retrato de la complejidad
de las relaciones sociales y de los sistemas de poder.
Por
ello, Los Infiltrados es heredera de
las grandes leyendas de guerreros, que han estado ligadas al desarrollo
de la historia del hombre. Aun dentro de su tono realista, todo
su esquema asume una postura mítica, lo que justifica la
frenética sucesión de hechos que desembocan en un
final caótico que conduce al espectador por un laberinto
continuo de sorpresas y giros temáticos.
Sorprende la capacidad de Scorsese para llevar a cabo la historia
y darle forma, entrecruzando los finos hilos de una trama que
va adquiriendo unidad y solidez de manera paulatina a medida que
avanza la narración, donde cada punto, secuencia, detalle
y diálogo va encajando en un rompecabezas apasionante y
revelador.
Compuesta
como thriller policiaco que nunca decae en su interés y
que mantiene su capacidad vitalizadora y su intensa carga de manera
ininterrumpida, lo cual en sí mismo resulta una hazaña,
son las relaciones entre los personajes los que le otorgan una
dimensión peculiar, que atrapan y envuelven al espectador,
porque están trazadas con profundidad en todo su ámbito
humano y en su complejidad psicológica, entre seres de
carne y hueso.
Son
relaciones que adquieren una tonalidad de vehemencia y entesamiento
que penetra en nuestras mentes, que nos hace vibrar pero al mismo
tiempo reflexionar sobre la fragilidad del destino humano, sobre
la corrupción social del sistema económico, sobre
los peligros y el salvajismo de la paradójica sociedad
moderna.
La
película es así un espejo de la furia, el frenesí
y la brutalidad de la que puede ser capaz el ser humano, pero
no de aquel individuo paranoico encerrado en un manicomio o en
la prisión, sino en seres que se mueven en el tejido social
a los que el sistema les ha dado la oportunidad de triunfar y
llegar a ser alguien en términos monetarios.
Por
eso los logros de la cinta resultan tan significativos y extraordinarios.
Se mueve en diferentes ámbitos, del psicológico
al social, y acierta sus dardos con certera puntería. Pero
ante todo, se trata de una película que refleja la condición
humana.
Martin
Scorsese, una leyenda viviente de la cinematografía mundial,
quien acaba de cumplir 64 años de edad, poseedor de una
destacada trayectoria que se prolonga por más de cuatro
décadas, reconocido en 1997 por el American Film Institute
por los logros de su carrera, nos regala ahora su obra más
madura y redonda.
Realizador
de la legendaria Taxi Driver, el cineasta que desde su opera prima,
Calles Peligrosas (Mean Street) de 1973, sorprendió
a la crítica; el autor de las muy brillantes Toro Salvaje
(Raging Bull), La Ultima Tentación de Cristo (The
Last Temptation of Christ), Buenos Muchachos (Goodfellas),
y Pandillas en Nueva York (Gangs of New York), da incluso
un paso más adelante, en plena forma creativa, después
de que hace dos años nos ofreció otra cinta de altísimo
nivel, El Aviador (The Aviator), en la que abordaba la
vida del polifacético y extravagante multimillonario Howard
Hughes.
En
Los Infiltrados, la audacia de Scorsese,
su continua búsqueda de renovación de formas expresivas,
converge con mayor lucidez, con mayor rigor, sin la tendencia
al exceso de Pandillas en Nueva York y con mayor dinamismo narrativo
que El Aviador, en ésta que bien puede calificarse
como una de las grandes obras de los últimos años.
Como
en esas dos películas anteriores de Scorsese, por tercera
vez consecutiva el intérprete central vuelve a ser el famoso
Leonardo di Caprio, consolidado como un actor sólido y
de gran capacidad expresiva. A su lado, en un mano a mano memorable,
el genial Jack Nicholson nos ofrece una deslumbrante actuación
que por sí sola hace que el boleto bien valga la pena.
Por
cierto, di Caprio se prepara para filmar otra vaz bajo las órdenes
de Scorsese, encarnando al presidente estadunidense Theodore Roosevelt.
Las
nominaciones de la cinta al Oscar como mejor película y
mejor director son seguras. La gran pregunta es si ahora sí,
por fin, la Academia de Hollywood entregará la estatuilla
a Martin Scorsese, en la que será su sexta nominación.
Las muy buenas críticas que el filme ha recibido así
como su éxito de taquilla, con recaudaciones de casi 120
millones de dólares en Estados Unidos, así parecen
augurarlo, pero después del que este año, contra
todos los pronósticos y la lógica, la Academia le
arrebatara el Oscar a Brokeback Mountain, cualquier desvarío
puede esperarse.