Basada
en la novela homónima de Jorge Franco, que causó
gran impacto en Colombia, la película Rosario
Tijeras es un vigoroso y relevante testimonio que
cala hondo en el espectador por la fuerza de su discurso que acierta
en doble medida.
Por
un lado, pinta un valioso retrato del contexto social de la realidad
colombiana, una realidad azotada por la violencia en la que la
inseguridad y la delincuencia organizada derivan precisamente
de las luchas de las bandas organizadas del narcotráfico,
ante la ineficacia policiaca y la impotencia del Estado.
Por
otra parte, es un hondo drama individual, y aquí es donde
logra sus mayores cualidades y aciertos, al ofrecer una descripción
muy humana de un personaje envuelto en un ambiente adverso de
violencia y confrontación.
La
película posee la gran virtud de describir, en sus diferentes
aristas, el retrato de este personaje complejo, duro, frío
pero al mismo tiempo frágil, sensible, por lo que traza
un retrato que permite al espectador una plena identificación,
al comprender la situación, la actitud, el comportamiento
de un ser que es víctima de su origen y sus propias circunstancias.
Sorprende
la dirección firme del mexicano Emilio Maillé, quien
se revela como un autor de altas potencialidades, cuya experiencia
era básicamente la realización de documentales sobre
toreros, con apoyo de la TV francesa. Realizador de un documental
sobre el cine de Luis Buñuel en México, nos ofrece
una sorprendente opera prima en la que demuestra temple y solidez
narrativa, para afrontar y superar riesgos de una trama cargada
de intensidad y que se pone al borde continuo del riesgo tanto
por el manejo de relaciones conflictivas como en el aspecto visual
en el desarrollo de escenas extremas.
No
deja de asombrar que sin convencionalismos ni cediendo a una mirada
rosa de la trama, Maillé encuentra el tono certero y el
equilibrio para la resolución de secuencias fuertes, con
carga sexual y de violencia visual. Siempre sale bien librado
porque capta la mirada exacta, donde cada escena se ve justificada
en su propio contexto argumental. Por ello, no resulta ni excesiva
ni desmesurada.
Es
una gran lección para el cine mexicano actual, donde el
despropósito y el exceso parecen ser la norma característica,
con una burda tendencia a lo meándrico, el tremendismo
visual y la vulgaridad derivada de la poca inteligencia argumental.
En
Rosario Tijeras asistimos a un crónica
social que es ante todo un drama psicológico individual,
sólidamente estructurado, en el que las relaciones de los
personajes se entrelazan con verosimilitud por lo que posee una
gran capacidad de convicción.
Otro
acierto es el retrato urbano de Medellín, la ciudad más
azotada por el narcotráfico, en la que se vislumbra una
ciudad contradictoria, peligrosa, alegre, extraña, en un
enriquecedor mosaico visual.
Rosario
Tijeras es un orgulloso ejemplo de un buen cine
latinoamericano, una de las pocas obras de alta calidad que han
llegado a nuestras pantallas en los últimos años
proveniente de esta región, donde la escasa producción,
la pobreza temática y la poca creatividad han deteriorado
el panorama.
Es
un hecho que hacía varios años, más allá
de las declaraciones auto triunfalistas de los involucrados o
de los elogios de una prensa oficialista poco seria. que no surgía
una obra latinoamericana tan redonda y madura, y que afortunadamente,
se ha convertido en un exitazo de taquilla en Colombia.
No
podemos concluir este comentario, sin destacar la atrayente presencia
de Flora Martínez, una talentosa y reveladora actriz, con
experiencia en Estados Unidos, tanto en su aparición en
la serie televisiva La Ley y el Orden, como en filmes
independientes como The Secret Life of Dentists. A
su lado, cumplen su papel los jóvenes Unax Ugalde y Manolo
Cardona, a quien recientemente vimos en La Mujer de mi Hermano.