Dentro
de la corriente de cintas sobre educación militar, tan
prolíficas en Hollywood, en la que ha habido grandes taquillazos,
como Reto al Destino (An Officer and a Gentleman) y Top
Gun, surge una nueva producción que reúne una
serie de elementos imprescindibles en la estructura mercadotécnica
del subgénero.
Se
trata de Annapolis, firmada por el cineasta taiwanés Justin
Lin, que no aporta nada relevante a las consabidas historias que
sobre el mismo tema ya se han manejado en la pantalla grande,
y que lamentablemente, tampoco sobresale por sus cualidades visuales
o narrativas.
El
filme gira en torno a un esquema de clichés muy recurridos,
en el que presenta como personaje central a un recluta de recio
carácter y con ambiciones, de conflictiva relación
con su padre, así como a un instructor agresivo que le
hace la vida imposible, una historia de amor y un esperado happy
end. Nada original y poco creativa, la cinta acaba repitiendo
lugares comunes y se ahoga en el terreno de lo convencional.
Carente
de escenas espectaculares y con poca dosis de emotividad visual,
roza la superficialidad, no llega al fondo en la descripción
del perfil de los personajes, y sólo queda como un superficial
producto de gris medianía, que únicamente sirve
para pasar el rato, para matar el tiempo.
En ese sentido, al menos podríamos señalar que cumple
con su función de entretenimiento pasajero, pero el espectador
exigente, aquél que pide algo más cuando adquiere
su boleto, sale insatisfecho, porque detrás del relato
argumental no hay sustancia ni propuesta.
Aderezada
la trama con una pelea de box entre el recluta novato y su duro
instructor, que entra con calzador ya que no fluye con un tono
natural, no guarda ningún aspecto trascendente y la banalidad
permea como una característica insoslayable.
Ni
siquiera podemos destacar al reparto, carismático o eficaz
en muchas otras realizaciones norteamericanas que tampoco se distinguen
de su calidad. Aquí, con el papel estelar encomendado a
James Franco, conocido por El Hombre Araña, y que se distinguió
encarnando al legendario James Dean en una película para
la televisión, le sucede igual que a la cinta en su conjunto:
resulta irrelevante.
Lo
lamentable es que este tipo de películas sean el plato
fuerte de los estrenos de esta temporada, como fiel reflejo de
una cartelera empobrecida donde lo que se demuestra es la falta
de audacia y de sagacidad de los distribuidores para hacer una
oferta más atractiva, aprovechando que por época
de vacaciones, mucha gente se queda en la ciudad esperando ir
al cine.