En
su búsqueda de éxito mercantil, Hollywood ha recurrido
desde hace muchos años a la adaptación de populares
series de TV de distintas épocas, con resultados poco afortunados.
La
moda cobró impulso con la muy agradable y exitosa Los
Locos Addams (The Addams Family), de 1991, a la que siguió
dos años después El Fugitivo (The Fugitive),
y lo mismo ha abarcado comedias como Los Picapiedra (The Flintstones)
y recientemente la muy mediocre Hechizada (Bewitched),
que series de misterio como Los Expedientes Secretos X (The
X Files) y de acción como Los Duques de Hazzard
(The Dukes of Hazzard).
Bajo
este tenor, y basada en la popular serie de TV de los años
80, llega a la pantalla grande Miami Vice, la historia de dos
detectives, Sonny y Rico, combatiendo
el crimen y que ahora emprenden una misión para descubrir
y desmantelar una poderosa banda de narcotraficantes que actúan
en todo el mundo.
Como
caso poco usual, el resultado de esta versión fílmica
es bastante satuisfatorio.
Lo primero que sorprende es el giro que adquiere la trama para
convertirse en un manifiesto del crimen globalizado. Tiene el
mérito y la cualidad de funcionar como un auténtico
thriller policiaco, ajustado a parámetros realistas, sin
caer en el típico concepto de las series televisivas de
vanagloria de personajes convertidos en héroes invencibles,
ni basarse en la continua y vacía acción de persecuciones,
balazos y explosiones.
Lo
que la película nos ofrece es un relato concreto, estructurado
de manera sólida: el desarrollo de un plan confidencial
para infiltrar en un poderoso grupo mafioso, a dos agentes ocultos.
El
buen resultado se debe al agudo concepto visual en el manejo de
la violencia y a la visión del director Michael Mann, que
sabe dotar a sus relatos de un sentido social pero sobre todo,
de una simensión humana en la que muestra las debilidades
y virtudes de sus personajes, presentados como seres de carne
y hueso.
Así
se ha caracterizado a lo largo de su vasta filmografía,
que incluye filmes brillantes como El Ultimo Mohicano (The
Last of the Mohicans), Fuego Vs. Fuego (Heat) y
El Informante (The Insider), por el que fue nominado
al Oscar como mejor director, aunque también ha tenido
tropiezos como en Ali, un proyecto que no supo manejar, y en la
engañosa Colateral (Collateral).
Pero
ahora, en Miami Vice, Mann muestra la calidad de su cine: agilidad
narrativa, manejo de la cámara con un estilo trepidante
con la precisa utilización de close ups y planos cerrados,
sin excesos; el manejo de relaciones conflictivas entre los personajes,
y el desarrollo de suspenso en una trama elaborada, en la que
la violencia se convierte en un recurso estético.
Pero
una se las mayores cualidades que aflora en la cinta es el tono
documental y particularmente de reportaje periodístico,
sobre el asunto de las redes de poder y corrupción del
narcotráfico, lo que lo asemeja a Tráfico (Traffic)
de Steven Soderbergh, lo que le da un interés peculiar.
Sin
embargo, hay que reconocer que el filme se queda corto al evitar
realizar una denuncia directa y no apuntar sus dardos contra instituciones
norteamericanas. Es una especie de prudencia que le resta, sin
duda, trascendencia.
Pero
es notorio el estilo visual de Mann que tiene su valor como producto
cinematográfico. Eleva su carga efectiva de reportaje para
recrear artísticamente los conflictos afectivos, los dilemas
éticos y emocionales de sus personajes y de su dramática
evolución.
El,
cine de Mann es un cine intenso y posee una habilidad única
para el cine de acción. Cabe resaltar que en sus inicios
él fue precisamente guionista de series de televisión,
como Starsky y Hutch y la propia Miami Vice,
de la que también fungió como productor ejecutivo.
Por
eso es que no sólo era justo y relevante que él
dirigiera la adaptación fílmica de esta última
serie, sino que logró darle un valor y un peso innovador,
mientras por ejemplo, la adaptación de hace dos años
de Starsky y Hutch, dirigida por Todd Phillips, resultó
un producto burdo y mediocre.
Por último, hay que destacar la actuación del reparto,
que como en todas las cintas de Mann, funciona con creces: en
esta ocasión, el irlandés Colin Farrell, se desempeña
con eficacia, muy diferente a su fracaso en Alejandro Magno
(Alexander) de Stone; el ganador del Oscar por Ray, Jamie
Foxx, reafirma su talento, y al lado de ellos, la gran actriz
china Gong Li es una presencia excepcional, ahora ya asentada
en Hollywood tras su éxito en Memorias de una Geisha.