En
la línea argumental trazada hace cuatro décadas
por la serie de television El Fugitivo (The Fugitive),
que se convirtió en exitosa película en 1993, para
impulsar la afición mercantil de Hollywood de trasladar
a la pantalla conocidas producciones televisivas, llega El
Centinela (The Sentinel), un thriller sobre un agente
del servicio secreto estadunidense acusado de estar involucrado
en el complot para asesinar al presidente.
La
narración sigue el esquema típico de una serie de
televisión: rápido esbozo de caracteres; conflicto,
por rivalidades amorosas, entre los dos personajes principales;
situaciones casuales que permiten sospechar del acusado; escenas
de acción con su dosis de persecuciones; presencia de un
héroe audaz que siempre logra salvarse de ser capturado;
salida temática fácil de último momento,
y por supuesto, el consabido happy end.
Si
en una serie de televisión el esquema puede funcionar porque
el relato se va diseminando a lo largo de varios capítulos,
en una película, cuya acción se debe condensar en
alrededor de sólo 2 horas, los defectos se hacen más
palpables y las fallas argumentales lucen más evidentes.
Este
es el caso de El Centinela, cuyas torpezas
narrativas resultan notorias, ya que el guión deja huecos
y cabos sueltos que no resisten un análisis serio.
Pero
su verdadero defecto radica en su falta de capacidad para hacer
verosímil la trama y como consecuencia, no permite la identificación
con los personajes. Estos son presentados de manera superficial,
distantes, aislados.
Su
apuesta se reduce a mantener entretenido al espectador a través
de la acción inocua. Pero carece de sentido dramático,
no hay intensidad ni posee emotividad. Los personajes se desperdician
irremediablemente y se ahogan en el mar de la ambiguedad.
Por
ello es un filme que se olvida con facilidad al prenderse las
luces de la sala: el espectador únicamente ha pasado el
rato, pero ha visto un producto desechable por su baja calidad.
Con
poca inteligencia para armar la trama, el director Clark Johnson
no logra ni crear una atmósfera de suspenso ni un testimonio
de denuncia contra la corrupción política. No rebasa
el mero nivel anecdótico, como le sucedió en su
anterior película, S.W.A.T.
El
reparto queda también desaprovechado: Michael Douglas juega
un papel casi frío, y por ejemplo, sus timoratas escenas
con Kim Basinger, quien encarna a la esposa del presidente, con
quien sostiene un romance, carecen de vida, lucen mecánicas
y simplemente no son creíbles.
A
su lado, Kiefer Sutherland se queda encasillado en buscar repetir
su personaje de Jack Bauer en la celebrada serie de TV 24,
por la que acaba de ganar el Emmy como mejor actor en la categoría
de drama, en tanto la guapa actriz tejana, de origen mexicano,
Eva Longoria, quien ha saltado a la fama y a las portadas de la
revistas de moda por su papel en otra famosísima serie
de la pantalla chica, Desperate Housewives, simplemente
da una actuación de lástima.
Cabe
hacer notar que la fotografía es del mexicano, Gabriel
Beristáin, quien lleva varios años radicando en
Hollywood, y quien precisamente trabajó con el director
Johnson en la citada S.W.A.T.