Julio de 2004. 

FAHRENHEIT 9/11: EL EFECTO MICHAEL MOORE
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Crítico obsesivo del presidente Bush, cineasta consentido del ala izquierdista internacional, símbolo del artista comprometido políticamente, Michael Moore ha levantado verdadero furor con Fahrenheit 9/11.

La cinta, que sorpresivamente se convirtió en el primer documental en ganar la Gran Palma de Oro del Festival de Cannes, el más importante del mundo, logró recaudaciones de alrededor de 100 millones de dólares en el mercado norteamericano.

De este modo, se erigió, por amplio margen, en el documental más taquillero de la historia, con ingresos cinco veces superiores a los de su inmediato seguidor, que curiosamente, es otro dirigido por el propio Michael Moore: Masacre en Columbine (Bowling for Columbine) que el año pasado cosechó 21 millones de dólares en el box office estadounidense.

Fue precisamente esta impactante y controvertida cinta, un manifiesto contra la proliferación legal de las armas en Estados Unidos, la que impulsó a Moore a la fama.

Y es que cuando el regordete cineasta subió al estrado del teatro Kodak de Los Angeles a recibir el Oscar al mejor documental, se lanzó con dureza contra el presidente Bush. “Usted es una vergüenza”, exclamó ante aplausos pero también silbidos por parte de una audiencia dividida.
Era el 23 de marzo de 2003. Apenas cuatro días antes había comenzado la guerra contra Irak y aún predominaba la idea de que Sadam Hussein ocultaba armas de destrucción masiva que constituían una amenaza contra Estados Unidos.

Pero el impacto de Masacre en Columbine sólo fue un augurio de lo que iba a seguir, un aviso de la polvareda mayúscula que iba a levantar Fahrenheit 9/11. Nunca antes se habían visto largas colas ni el anuncio de “localidades agotadas” que se colocó de manera frecuente en las taquillas de las salas cinematográficas por diversas zonas de Estados Unidos.

Estrenada en cerca de 900 salas, cantidad que fue creciendo a medida que su éxito comercial se consolidaba, la película se benefició de las reacciones de condena que provocó entre los grupos más reaccionarios.

Cuando organizaciones ultraconservadoras como Move America Forward o Citizens United llamaron al boicot general, enviaron cartas a los dueños de las salas para acusarlos de antipatriotas si exhibían el largometraje, o cuando solicitaron a las autoridades electorales que lo prohibieran, aduciendo que violaba las leyes sobre publicidad electoral ya que se trata de mera propaganda a favor del candidato demócrata John Kerry, lo único que lograron fue promover la película.

Como en el caso en México de El Crimen del Padre Amaro o de La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, este mismo año, una vez más los intentos de censura funcionaron como el más eficaz elemento publicitario, como un estratégico instrumento mercadotécnico, y crearon una expectación entre las grandes masas que no cesará en largo tiempo.

Este efecto mediático tendrá su resonancia durante el mes de octubre cuando la película aparezca en DVD y video, a un mes escaso de las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
Sin duda alguna, el éxito de Fahrenheit 9/11 (en referencia al clásico de Francois Truffaut, Fahrenteit 451, que es la temperatura en la que el papel se quema, el título es una metáfora a la fecha del 11 de septiembre para aseverar que ahí fue cuando las libertades comenzaron a ser canceladas) tendrá efectos políticos.

Lo que está por verse es su dimensión real. En las salas, la gente se ríe y hasta insulta a Bush cuando las imágenes muestran su torpeza y sus poderosos intereses personales que se esconden detrás de su arenga patriótica.

Pero la inmensa mayoría es gente que ya está en contra de Bush. Son como los creyentes que van a Misa. Los partidarios del presidente que votarán por su reelección o no acuden al cine o simplemente no cambian su opinión y tachan al filme de demagogo. Pero lo relevante es determinar a cuántos indecisos la película podrá influir a la hora de determinar su voto.

Michael Moore , un cineasta inteligente y efectivista, plagado de habilidad, con un sentido especial del humor, maneja un elemento clave para capturar el interés del público: ubicar siempre a un villano para apuntalar su sarcasmo social: si Charlton Heston lo fue en Masacre en Columbine, y antes el magnate de la General Motors, Roger Smith, en su primera película, Roger & Me, ahora lo es George Bush.

Cabe señalar que el escándalo alrededor de la película surgió desde el momento en que Disney, propietaria de Miramax, la productora del documental, decidió no distribuirlo para evitarse líos. Esa fue la mecha que inició la campaña incendiaria que se disparó en el Festival de Cannes. Entonces, los fundadores y socios de Miramax, los influyentes Harvey y Bob Weinstein, afrontaron el riesgo de adquirir sus derechos. La jugada les ha salido, comercialmente, extraordinaria.

 
     
     
  Eduardo Marín Conde  
 

 




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 Última actualización 12 de Julio de 2004.