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Crítico obsesivo del presidente Bush, cineasta consentido
del ala izquierdista internacional, símbolo del artista comprometido
políticamente, Michael Moore ha levantado verdadero furor
con Fahrenheit 9/11.
La
cinta, que sorpresivamente se convirtió en el primer documental
en ganar la Gran Palma de Oro del Festival de Cannes, el más
importante del mundo, logró recaudaciones de alrededor de
100 millones de dólares en el mercado norteamericano.
De
este modo, se erigió, por amplio margen, en el documental
más taquillero de la historia, con ingresos cinco veces superiores
a los de su inmediato seguidor, que curiosamente, es otro dirigido
por el propio Michael Moore: Masacre en Columbine (Bowling
for Columbine) que el año pasado cosechó 21 millones
de dólares en el box office estadounidense.
Fue
precisamente esta impactante y controvertida cinta, un manifiesto
contra la proliferación legal de las armas en Estados Unidos,
la que impulsó a Moore a la fama.
Y
es que cuando el regordete cineasta subió al estrado del
teatro Kodak de Los Angeles a recibir el Oscar al mejor documental,
se lanzó con dureza contra el presidente Bush. Usted
es una vergüenza, exclamó ante aplausos pero también
silbidos por parte de una audiencia dividida.
Era el 23 de marzo de 2003. Apenas cuatro días antes había
comenzado la guerra contra Irak y aún predominaba la idea
de que Sadam Hussein ocultaba armas de destrucción masiva
que constituían una amenaza contra Estados Unidos.
Pero
el impacto de Masacre en Columbine sólo fue un augurio
de lo que iba a seguir, un aviso de la polvareda mayúscula
que iba a levantar Fahrenheit 9/11. Nunca antes
se habían visto largas colas ni el anuncio de localidades
agotadas que se colocó de manera frecuente en las taquillas
de las salas cinematográficas por diversas zonas de Estados
Unidos.
Estrenada
en cerca de 900 salas, cantidad que fue creciendo a medida que su
éxito comercial se consolidaba, la película se benefició
de las reacciones de condena que provocó entre los grupos
más reaccionarios.
Cuando
organizaciones ultraconservadoras como Move America Forward
o Citizens United llamaron al boicot general, enviaron
cartas a los dueños de las salas para acusarlos de antipatriotas
si exhibían el largometraje, o cuando solicitaron a las autoridades
electorales que lo prohibieran, aduciendo que violaba las leyes
sobre publicidad electoral ya que se trata de mera propaganda a
favor del candidato demócrata John Kerry, lo único
que lograron fue promover la película.
Como
en el caso en México de El Crimen del Padre Amaro
o de La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, este mismo
año, una vez más los intentos de censura funcionaron
como el más eficaz elemento publicitario, como un estratégico
instrumento mercadotécnico, y crearon una expectación
entre las grandes masas que no cesará en largo tiempo.
Este
efecto mediático tendrá su resonancia durante el mes
de octubre cuando la película aparezca en DVD y video, a
un mes escaso de las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
Sin duda alguna, el éxito de Fahrenheit 9/11
(en referencia al clásico de Francois Truffaut, Fahrenteit
451, que es la temperatura en la que el papel se quema, el
título es una metáfora a la fecha del 11 de septiembre
para aseverar que ahí fue cuando las libertades comenzaron
a ser canceladas) tendrá efectos políticos.
Lo
que está por verse es su dimensión real. En las salas,
la gente se ríe y hasta insulta a Bush cuando las imágenes
muestran su torpeza y sus poderosos intereses personales que se
esconden detrás de su arenga patriótica.
Pero
la inmensa mayoría es gente que ya está en contra
de Bush. Son como los creyentes que van a Misa. Los partidarios
del presidente que votarán por su reelección o no
acuden al cine o simplemente no cambian su opinión y tachan
al filme de demagogo. Pero lo relevante es determinar a cuántos
indecisos la película podrá influir a la hora de determinar
su voto.
Michael
Moore , un cineasta inteligente y efectivista, plagado de habilidad,
con un sentido especial del humor, maneja un elemento clave para
capturar el interés del público: ubicar siempre a
un villano para apuntalar su sarcasmo social: si Charlton Heston
lo fue en Masacre en Columbine, y antes el magnate de la
General Motors, Roger Smith, en su primera película, Roger
& Me, ahora lo es George Bush.
Cabe
señalar que el escándalo alrededor de la película
surgió desde el momento en que Disney, propietaria de Miramax,
la productora del documental, decidió no distribuirlo para
evitarse líos. Esa fue la mecha que inició la campaña
incendiaria que se disparó en el Festival de Cannes. Entonces,
los fundadores y socios de Miramax, los influyentes Harvey y Bob
Weinstein, afrontaron el riesgo de adquirir sus derechos. La jugada
les ha salido, comercialmente, extraordinaria.
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