Marzo de 2006. 

BROKEBACK MOUNTAIN Y LA VERGÜENZA DE LOS OSCARES
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Contra todos los pronósticos y en lo que constituyó una sorpresa descomunal, Brokeback Mountain. Secreto en la Montaña, perdió el Oscar a la mejor película de 2005, con Crash. Alto Impacto.

Hasta el momento en que Jack Nicholson salió al estrado del teatro Kodak en Beverly Hills para anunciar el último premio de la noche, el pasado domingo 5 de marzo, nadie dudaba que la profunda, hermosa e inolvidable obra de Ang Lee ganaría la principal estatuilla.

Hasta ese entonces, en un caso insólito en el mundo del cine, había arrasado con todos los premios a los que había aspirado: en septiembre ganó el Festival de Cine de Venecia, donde los gustos del jurado son normalmente diferentes a los votantes del Oscar de Hollywood, y posteriormente fue considerada como la mejor película por la gran mayoría de los grupos de críticos de Estados Unidos, incluyendo los principales, los de Nueva York y Los Angeles.

En enero se adjudicó el Globo de Oro, que es ya la antesala de los Oscares, ya que siempre hay una coincidencia entre ambos, y luego cosechó los galardones de las asociaciones de directores, guionistas y productores. Ninguna película que hubiera ganado estos tres últimos reconocimientos había perdido el Oscar a la mejor película.

Al darse a conocer las nominaciones al Oscar, sus posibilidades se afianzaron: recibió el mayor número de nominaciones, con ocho. En los últimos 22 años sólo tres películas que estuvieron en este caso no ganaron como la mejor del año: Bugsy, El Señor de los Anillos. La Comunidad del Anillo y el año pasado, El Aviador, que cedieron la estatuilla a El Silencio de los Inocentes (The Silence of the Lambs), Una Mente Brillante (A Beautiful Mind) y Million Dollar Baby. Golpes del Destino, respectivamente.

Hasta el último premio de la noche, el Oscar 2005 había transcurrido sin mayores sorpresas y los premios se habían entregado con justicia. Ang Lee acababa de recibir el reconocimiento como mejor director, además de que la cinta se había adjudicado el del mejor guión adaptado.

Y entonces llegó la hecatombe: para la Academia de Hollywood, a pesar de los pesares, Brokeback Mountain no era la mejor película del año.

Y así terminó la ceremonia, con una decisión que pasará a la historia, y no precisamente en los mejores términos.

Lo que sucedió fue, ni más ni menos, que una auténtica vergüenza.
Lo que vivimos fue uno de los más grandes errores históricos en la historia de la entrega del Oscar.

La Academia no tuvo ni el valor, ni el coraje, ni la audacia, de hacer lo que casi todos los grupos y asociaciones cinematográficas habían hecho: reconocer en su justa dimensión a esta gran obra que pasará, sin duda alguna, a los anales de la historia fílmica.

Por el contrario, la Academia se vio timorata, indecisa, cobarde.
La razón es clara: el conservadurismo que permea la vida norteamericana se ha extendido hasta la propia comunidad cinematográfica. Fue el triunfo del puritanismo, de la hipocresía moral.

Lo que es una verdadera lástima es que este puritanismo que esconde un fuerte sello de intolerancia, se haya impuesto dentro de una comunidad que se ha caracterizado por progresista, por sus ideas liberales, como el propio George Clooney lo había comentado horas antes al recibir el Oscar al mejor actor de reparto por Syriana.

La Academia, conformada por casi 6 mil miembros integrantes de la comunidad cinematográfica, con derecho a voto, es variable y diversa. Siempre he defendido en diversos foros al Oscar porque tiene la virtud de ser una elección democrática, no sujeta a imposiciones.

Lo que ahora resulta muy penoso es que en esa decisión mayoritaria haya triunfado el conservadurismo.

Seguramente hubo cientos, miles, que votaron por Brokeback Mountain. Nunca sabremos cuántos ni cuál fue la diferencia. Pero el hecho es que se impuso la tendencia de premiar en su lugar a Crash.

Detrás de esta decisión prevaleció una ambigüedad moral: Brokeback Mountain es una gran cinta, pero su tema sobre la homosexualidad ha levantado ámpula y ha provocado las reacciones en contra del espectro más derechista. Mejor le damos a Ang Lee el Oscar al mejor director, pero no reconocemos a la película como la mejor del año, y así todos contentos.

En lo que ya es una tendencia excesiva y complaciente, se ha dividido el Oscar de director y de película. Lo que antes ocurría una vez cada 10 años, ahora se da una vez cada dos, lo cual no augura nada bueno: en los últimos ocho años, estos galardones han ido a parar a diferentes películas.

Los tres casos anteriores fueron Shakespeare Apasionado (Shakespeare in Love) y Steven Spielberg por Rescatando al Soldado Ryan (Saving Private Ryan); Gladiador (Gladiator) y Steven Soderbergh por Tráfico (Traffic), y Chicago y Roman Polanski por El Pianista (The Pianist), que quizás era el único en el que se justificaba.

Y ahora, en lugar de la obra de Ang Lee, se buscó la salida tramposa para recompensar otro filme de visión crítica social: Crash.

Pero un abismo separa ambas películas. Crash tiene su mérito, es original y rompe estructuras convencionales. El Oscar al mejor guión original era más que suficiente, como el año pasado se lo dieron a Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos (Eternal Sunshine of a Spotless Mind).
Por principio de cuentas, no es tan profunda. Es un manifiesto interesante de relaciones sociales, que más que el racismo, externa los prejuicios y los estereotipos arraigados. Pero no toca pone el dedo en la llaga, no toca las fibras más hondas del problema, a veces se queda en la superficie. No es tan relevante ni aporta nada novedoso. Tampoco inquieta ni perturba a nadie.

Es la película más menor que ha ganado el Oscar desde que en 1984 la estatuilla fue a parar a La Fuerza del Cariño (Terms of Endearment), que si bien está lejos de ser mediocre, también dista de ser de alta calidad y que finalmente ha pasado al saco del olvido.

Brokeback Mountain es, en cambio, una profunda reflexión sobre la condición humana, y su contribución al tratamiento del tema de la homosexualidad en el cine es posee una importancia clave.

A varios académicos de Hollywood, sobre todo a los que ya tienen una edad mayor o a los que se inclinan en una postura pro Bush (que los hay) les debe haber molestado que los dos vaqueros gays viven un profundo amor.

La Academia ha dejado pasar, frente a sus narices, una oportunidad de tomar la decisión de valorar y darle la trascendencia histórica a una película de este tipo.

Y vaya que ha habido errores a lo largo de los años, como cuando prefirió, a pesar de sus 11 nominaciones, no premiar a El Ciudadano Kane (Citizen Kane), ni a Apocalipsis, Ahora (Apocalypse Now).

Pero lo que es peor es que ahora ha tirado por la borda esta oportunidad histórica contra la opinión de todos, contra todos los pronósticos, incluyendo el de la mayoría de los espectadores que han gozado con la belleza y la inteligencia de Brokeback Mountain.
Qué pena.

 
     
   

 




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