Contra
todos los pronósticos y en lo que constituyó una
sorpresa descomunal, Brokeback Mountain. Secreto en la Montaña,
perdió el Oscar a la mejor película de 2005, con
Crash. Alto Impacto.
Hasta
el momento en que Jack Nicholson salió al estrado del teatro
Kodak en Beverly Hills para anunciar el último premio de
la noche, el pasado domingo 5 de marzo, nadie dudaba que la profunda,
hermosa e inolvidable obra de Ang Lee ganaría la principal
estatuilla.
Hasta
ese entonces, en un caso insólito en el mundo del cine,
había arrasado con todos los premios a los que había
aspirado: en septiembre ganó el Festival de Cine de Venecia,
donde los gustos del jurado son normalmente diferentes a los votantes
del Oscar de Hollywood, y posteriormente fue considerada como
la mejor película por la gran mayoría de los grupos
de críticos de Estados Unidos, incluyendo los principales,
los de Nueva York y Los Angeles.
En
enero se adjudicó el Globo de Oro, que es ya la antesala
de los Oscares, ya que siempre hay una coincidencia entre ambos,
y luego cosechó los galardones de las asociaciones de directores,
guionistas y productores. Ninguna película que hubiera
ganado estos tres últimos reconocimientos había
perdido el Oscar a la mejor película.
Al
darse a conocer las nominaciones al Oscar, sus posibilidades se
afianzaron: recibió el mayor número de nominaciones,
con ocho. En los últimos 22 años sólo tres
películas que estuvieron en este caso no ganaron como la
mejor del año: Bugsy, El Señor de los Anillos.
La Comunidad del Anillo y el año pasado, El Aviador, que
cedieron la estatuilla a El Silencio de los Inocentes (The Silence
of the Lambs), Una Mente Brillante (A Beautiful Mind) y Million
Dollar Baby. Golpes del Destino, respectivamente.
Hasta
el último premio de la noche, el Oscar 2005 había
transcurrido sin mayores sorpresas y los premios se habían
entregado con justicia. Ang Lee acababa de recibir el reconocimiento
como mejor director, además de que la cinta se había
adjudicado el del mejor guión adaptado.
Y
entonces llegó la hecatombe: para la Academia de Hollywood,
a pesar de los pesares, Brokeback Mountain no era la
mejor película del año.
Y
así terminó la ceremonia, con una decisión
que pasará a la historia, y no precisamente en los mejores
términos.
Lo
que sucedió fue, ni más ni menos, que una auténtica
vergüenza.
Lo que vivimos fue uno de los más grandes errores históricos
en la historia de la entrega del Oscar.
La
Academia no tuvo ni el valor, ni el coraje, ni la audacia, de
hacer lo que casi todos los grupos y asociaciones cinematográficas
habían hecho: reconocer en su justa dimensión a
esta gran obra que pasará, sin duda alguna, a los anales
de la historia fílmica.
Por
el contrario, la Academia se vio timorata, indecisa, cobarde.
La razón es clara: el conservadurismo que permea la vida
norteamericana se ha extendido hasta la propia comunidad cinematográfica.
Fue el triunfo del puritanismo, de la hipocresía moral.
Lo
que es una verdadera lástima es que este puritanismo que
esconde un fuerte sello de intolerancia, se haya impuesto dentro
de una comunidad que se ha caracterizado por progresista, por
sus ideas liberales, como el propio George Clooney lo había
comentado horas antes al recibir el Oscar al mejor actor de reparto
por Syriana.
La
Academia, conformada por casi 6 mil miembros integrantes de la
comunidad cinematográfica, con derecho a voto, es variable
y diversa. Siempre he defendido en diversos foros al Oscar porque
tiene la virtud de ser una elección democrática,
no sujeta a imposiciones.
Lo que ahora resulta muy penoso es que en esa decisión
mayoritaria haya triunfado el conservadurismo.
Seguramente
hubo cientos, miles, que votaron por Brokeback Mountain.
Nunca sabremos cuántos ni cuál fue la diferencia.
Pero el hecho es que se impuso la tendencia de premiar en su lugar
a Crash.
Detrás
de esta decisión prevaleció una ambigüedad
moral: Brokeback Mountain es una gran cinta, pero su
tema sobre la homosexualidad ha levantado ámpula y ha provocado
las reacciones en contra del espectro más derechista. Mejor
le damos a Ang Lee el Oscar al mejor director, pero no reconocemos
a la película como la mejor del año, y así
todos contentos.
En
lo que ya es una tendencia excesiva y complaciente, se ha dividido
el Oscar de director y de película. Lo que antes ocurría
una vez cada 10 años, ahora se da una vez cada dos, lo
cual no augura nada bueno: en los últimos ocho años,
estos galardones han ido a parar a diferentes películas.
Los
tres casos anteriores fueron Shakespeare Apasionado (Shakespeare
in Love) y Steven Spielberg por Rescatando al Soldado
Ryan (Saving Private Ryan); Gladiador (Gladiator) y
Steven Soderbergh por Tráfico (Traffic), y
Chicago y Roman Polanski por El Pianista (The Pianist),
que quizás era el único en el que se justificaba.
Y
ahora, en lugar de la obra de Ang Lee, se buscó la salida
tramposa para recompensar otro filme de visión crítica
social: Crash.
Pero
un abismo separa ambas películas. Crash tiene su mérito,
es original y rompe estructuras convencionales. El Oscar al mejor
guión original era más que suficiente, como el año
pasado se lo dieron a Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos
(Eternal Sunshine of a Spotless Mind).
Por principio de cuentas, no es tan profunda. Es un manifiesto
interesante de relaciones sociales, que más que el racismo,
externa los prejuicios y los estereotipos arraigados. Pero no
toca pone el dedo en la llaga, no toca las fibras más hondas
del problema, a veces se queda en la superficie. No es tan relevante
ni aporta nada novedoso. Tampoco inquieta ni perturba a nadie.
Es
la película más menor que ha ganado el Oscar desde
que en 1984 la estatuilla fue a parar a La Fuerza del Cariño
(Terms of Endearment), que si bien está lejos de ser
mediocre, también dista de ser de alta calidad y que finalmente
ha pasado al saco del olvido.
Brokeback
Mountain es, en cambio, una profunda reflexión sobre
la condición humana, y su contribución al tratamiento
del tema de la homosexualidad en el cine es posee una importancia
clave.
A
varios académicos de Hollywood, sobre todo a los que ya
tienen una edad mayor o a los que se inclinan en una postura pro
Bush (que los hay) les debe haber molestado que los dos vaqueros
gays viven un profundo amor.
La
Academia ha dejado pasar, frente a sus narices, una oportunidad
de tomar la decisión de valorar y darle la trascendencia
histórica a una película de este tipo.
Y
vaya que ha habido errores a lo largo de los años, como
cuando prefirió, a pesar de sus 11 nominaciones, no premiar
a El Ciudadano Kane (Citizen Kane), ni a Apocalipsis,
Ahora (Apocalypse Now).
Pero
lo que es peor es que ahora ha tirado por la borda esta oportunidad
histórica contra la opinión de todos, contra todos
los pronósticos, incluyendo el de la mayoría de
los espectadores que han gozado con la belleza y la inteligencia
de Brokeback Mountain.
Qué pena.