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Como en pocos años anteriores, en 2004 abundaron los grandes
fracasos comerciales. Dos estrenos recientes de cintas de gran
envergadura que obtuvieron ingresos por debajo de sus expectativas,
dieron prueba del sinuoso camino de la conquista de la taquilla,
la cual sigue siendo un fenómeno impredecible.
La
primera de ellas fue El Expreso Polar, que con una inversión
de 165 millones de dólares, se convirtió en la
cuarta producción más costosa de la historia,
sólo
por detrás de Titanic, Troya y Terminator
3.
Fuertemente
atacada por la crítica norteamericana, la
cinta, producida por la Warner Bros. con la participación
de diversas compañías pequeñas, entre
ellas Playtone de Tom Hanks (que había logrado un éxito
gigantesco con Casarse Está en Griego (My
Big Fat Greek Wedding), apenas si rebasó la barrera de 100 millones
de dólares, y perdió por paliza la carrera comercial
con Los Increíbles, el filme de Pixar distribuido por
Disney, el cual, estrenado casi al mismo tiempo, cosechó más
de 250 millones en Estados Unidos.
Si consideramos que del monto total de los ingresos en taquilla,
sólo 40 por ciento regresa a manos de los productores
ya que el resto se divide entre los distribuidores y los propietarios
de las salas, la Warner deberá esperar largamente a que
la película concluya su exhibición a nivel mundial
y sobre todo, pase al video, para estar en posibilidades de recuperar
algo de su cuantiosa inversión.
Pero la realidad fue que a pesar de su innovación tecnológica,
El Expreso Polar no tenía los elementos para competir
con el ingenio y el irresistible encanto que ha caracterizado
a todas las películas de Pixar, propiedad del magnate
de Apple, Steve Jobbs. El director Robert Zemeckis no pudo superar
el reto de convertir un cuento clásico de 30 páginas
en un largometraje de 100 minutos, por lo que el filme carece
de chispa y es abundante en escenas forzadas.
El segundo descalabro comercial de fin de año fue mucho
más espectacular: Alejandro Magno (Alexander), la grandilocuente
obra del célebre Oliver Stone, que se fue brutalmente
al despeñadero con ridículos ingresos de alrededor
de 40 millones de dólares cuando su producción
requirió un presupuesto de 130 millones. Producida por
Castle Rock, filial de la propia Warner y con apoyo de capital
inglés y alemán, el filme es decepcionante.
Al lado de sus emotivas y espectaculares escenas de
las batallas de Persia e India, no resulta convincente
porque
Stone fracasa
en el manejo de la legendaria figura histórica del conquistador
y lo que nos ofrece es un insípido retrato que en nada
corresponde a la grandeza que sólo en teoría se
expresa en el filme.
Alejandro
Magno queda así como uno de los mayores fracasos
de la historia del cine.
Considerando
su recaudación en
EUA, su déficit fue de 85 millones de dólares,
una proporción negativa casi sin comparación en
los anales fílmicos. Este desequilibrio sólo es
semejante al de La Pirata (The Cutthroat
Island), con Geena Davis;
El Cartero (The Postman), dirigida e interpretada por Kevin Costner;
la cinta de animación japonesa Final
Fantasy; la patética
comedia con Eddie Murphy, Las Aventuras de
Pluto Nash; Planeta
Rojo (Red Planet), y la gris comedia de absurdo título
en español, No Más Sexo (Town & Country), con
Warren Beatty y Diane Keaton.
Pero el año pasado nos dejó también otros
estrepitosos tropiezos de realizaciones que precisamente manejaron
un esquema dirigido a la búsqueda del éxito comercial,
pero sin sustento inteligente: La Vuelta
al Mundo en 80 Días (Around
the World in 80 Days), Gatúbela (Catwoman) y El
Capitán Sky y el Mundo del Mañana (Captain
Sky and the World of Tomorrow).
Todas
ellas costaron más de
100 millones de dólares y sus ingresos estuvieron por
debajo de los 40 millones.
En el otro lado de la moneda, también se registraron sorprendentes
casos de éxito en el box office de cintas de muy bajo
presupuesto que apostaron a propuestas audaces y obtuvieron ingresos
muy por arriba de lo estimado. Entre éstos, destacan los
casos del filme de terror The Grudge, que con un presupuesto
de 25 millones cosechó 110 millones, apoyada en una inusual
pero eficaz campaña publicitaria por radio que emprendió la
Universal; de Mar Abierto (Open
Water), una modesta producción
independiente, sin un solo efecto especial, de medio millón
de dólares (cuatro veces menos de lo que cuesta una película
mexicana normal), la cual recaudó 35 millones, pero sobre
todo, del polémico documental de Michael Moore, Fahrenheit
9/11, que no requirió más de un millón de
dólares en su realización pero obtuvo ingresos
brutos por 118 millones en Estados Unidos, beneficiado por la
controversia política sobre el presidente Bush y la guerra
en Irak.
Y es que sin duda alguna, más allá de estrategias
mercadotécnicas, en el cine la publicidad de boca en boca
sigue desempeñando un papel fundamental. |