Fragmento
del CAPÍTULO I. LA ÚLTIMA NOCHE QUE PASÉ
SINTIGO
Así lo hizo. Con muchas esperanzas porque jamás
fue derrotista, se presentó para participar en el concurso
denominado Cecil B. DeMille, en el que buscaban nuevas figuras
para el incipiente cine mexicano. A saber si por la impericia
del fotógrafo o un maquillaje defectuoso, el caso es que
el resultado fue negativo. Es lo que suele suceder en México,
tuvo que ser Hollywood quien descubriera el potencial de Lupe
Vélez hasta impulsarla al estrellato. Mientras tanto, esa
era otra ilusión más que se vio obligada a guardar
en el cajón de los deseos insatisfechos.
-
Sí, Rafael, la verdad es que ya estoy harta. Me siento
agotada de hacer lo mismo. Tú me dijiste que en el cine
estaba mi futuro y ya ves, no pasé ni una triste prueba.
-
Ya sé que te sientes desanimada y no es el mejor momento
para convencerte, pero yo te aseguro que el cine es el vehículo
ideal para expresar tanta inquietud corporal. Hazme caso, Lupe.
Deja pasar un tiempo y busca otra oportunidad. Cuando te veas
por primera vez en la pantalla te vas a acordar de mí.
-
Me acuerdo de ti aunque no me vea.
-
El cine es el futuro. El mundo entero va a transformarse gracias
a esa nueva mirada de la cámara.
-
Estás enamorado del cine.
En
el fondo, aun cuando no lo admitía de manera tan abierta,
Lupe también había sido contagiada por ese mismo
virus que latía en las imágenes surgidas del nitrato
de plata, autoincandescente como el propio temperamento humano.
Sentada en una butaca del cine Palacio se permitía sobreponer
su rostro al de Reneé Adoreé. No tendría
que transcurrir mucho tiempo para que en esa misma sala, el 27
de enero de 1928, se estrenara la película El Gaucho,
en la que Lupe aparecería como la compañera de aventuras
nada menos que de Douglas Fairbanks. Pero por lo pronto tenía
que conformarse con soñar y que Rafael, como antes Jorge
Loyo o "el Panzón" Soto, tratara de convencerla
de que estaba destinada a algo muy especial, porque era diferente
a las demás, aunque a veces no estuviera tan segura. Le
preocupaba que las opiniones de sus amigos y de algunos periodistas
fueran benévolas debido al asombro que les provocaba el
hecho de que siendo tan joven hubiese logrado lo que a otras les
tomaba muchos años. Esa incertidumbre la acompañaría
siempre, incluso cuando estuvo en la cima.
-
En todo caso, prefiero enamorarme de ti.
-
Por ahora no podría tener una relación seria con
nadie. No es el momento. Necesito probar muchas cosas antes de
algo así.
Y
es que a ella ya le quedaban chicas la Montalván y la otra
Celia, Padilla, y todas las rataplaneras prófugas de algún
mural de Orozco: Luz Guerrero, Lupe Arozamena y María Rivera,
a quien apodaban "La Elefanta", el Principal y el Lírico
con sus cortejos voyeuristas, las insípidas revistas de
Uranga y Gandolín, los cabarets como El Quijote y la pichicatería
de sus acompañantes. Porque a pesar de que México
era una ciudad con más de un millón de habitantes,
conservaba un pudor pueblerino proclive a escandalizarse ante
cualquier desplante carnal y para una descarada Lupe, eso empezaba
a convertirse en una tortura cotidiana. En pocas palabras, el
destino de una tiple le venía estrecho, tan estrecho que
mejor se iría porque sin saberlo, Hollywood ya la estaba
esperando.
Fragmento
del CAPÍTULO II. EXTRANJERA
EN EL PAÍS DE LOS SUEÑOS
En
el foro de los estudios se construyó la Aldea del Milagro,
una ficticia Argentina habitada por más mexicanos que sudamericanos.
En la calle principal, los supuestos vendedores exponían
sus mercancías, mudos merolicos pretendiendo con sus ademanes
recrear el clamor que los espectadores tendrían que imaginar
mientras una pianola repartiría sus notas impidiendo el
silencio durante la proyección de la película. Los
extras, sucios en la insignificancia de su pobreza, no son más
que greasers ocultos bajo los humildes sombreros de palma,
que daban vida al mercado de un pueblo en el otro extremo del
continente, ofreciendo frutas tropicales ajenas a esa región:
piñas, naranjas, plátanos y hasta unos improbables
aguacates. Un domingo de tianguis entre Punta Deseada y Puerto
Desengaño, o en una incierta pampa junto a la cordillera,
porque el letrero en una de las falsas fachadas anunciaba: "Cantina
de los Andes". Mientras, unos peregrinos con sarapes imploraban
un milagro a la virgen ¿de Guadalupe?, de repente convertida
en santa patrona de las pampas, arrodillados alzaban sus brazos
cual musulmanes invocando a Alá. La aventura estaba a punto
de comenzar, por cortesía del estrafalario gaucho de California,
Douglas Fairbanks.
La
tranquilidad del pueblo de escenografía se convulsiona
con las muecas que suponen gritos de uno de sus habitantes amagando
con que alguien llega. Lupe se encuentra lavando su ropa en el
arroyo, la cámara se regodea en sus ojazos negros cuando
ella pregunta:
-
¿Quién viene?
-
¡El Gaucho! ¡El Gaucho! -advierten unas sobrias letras
blancas sobre el fondo negro con las que se desarrollaban los
diálogos durante la época en la que el sonido aún
no irrumpía en el mutismo del cine. Su reacción
es la de una mujer enamorada, lleva su mano al corazón
en el momento que ve aparecer al héroe, Douglas Fairbanks
montando su caballo blanco, "el muchacho de la película",
ni tan muchacho a sus cuarenta y cinco años pero, eso sí,
tan dueño de la película que también era
su argumentista encubierto bajo el seudónimo de Elton Thomas.
Página
final del CAPÍTULO III. Y SE HIZO EL SONIDO...
De regreso a Los Ángeles la esperaban el viejo maestro
Griffith en los foros de United Artists, para iniciar el rodaje
de su primera aventura semisonora, Canción de Amor,
y en su mansión de Beverly Hills, un cowboy decidido
a conquistarla con sus fanfarronadas: Tom Mix.
El
advenimiento del sonido había provocado una severa crisis
entre las estrellas del cine mudo. Los ademanes ya no serían
suficiente y ahora tendrían que transformar su voz en otra
herramienta de trabajo. A los actores de origen europeo les preocupaba
su acento extranjero y a los demás el que sus voces no
fueran el reflejo de la imagen que habían forjado. Algunos
de plano hicieron maletas para regresar a sus países natales,
otros se esforzaron por mejorar su dicción y hubo quienes
simplemente se resignaron a concluir sus contratos vigentes con
las compañías productoras. Para Lupe eso nunca fue
un problema. Tenía la voz clara y podía cantar.
Su acento se convirtió en un sello exótico que le
permitía reforzar su imagen para encarnar personajes extranjeros.
Pero
Griffith, el arriesgado innovador, se había estancado en
el teatro del silencio. Los diálogos habían invadido
por asalto los estudios de cine modificando las formas tradicionales
de escribir los guiones y concebir la acción. DW, como
se le conocía por las iniciales de su nombre: David Wark,
era un anciano prematuro al borde del retiro a sus cincuenta y
tres años, cargando con el peso de más de quinientos
títulos de una filmografía sin parlamentos, había
cerrado su propia etapa silente con un largometraje previo, La
Batalla de los Sexos, una nueva versión de su propia
película de 1914, casualmente basada en una novela de Daniel
Carson Goodman, el hombre de confianza de William Hearst en torno
a la misteriosa muerte de Thomas Ince. Entonces Griffith, fiel
a su estilo, con su característico sombrero de paja, responsable
del nacimiento de una emoción, sometido por la intolerancia
de productores que le imponían sus exigencias de filisteos,
presenciaba cómo se iba desmoronando el universo que había
logrado construir con fotogramas de nitrato de plata. Ese mismo
Griffith o, mejor dicho, su espectro alcoholizado, amargo y cínico,
se disponía a dirigir a la nueva sensación de la
pantalla, la mexicana que algún día escupiría
fuego.
Fragmentos
de los Capítulos IV. CUÉNTAME UNA DE VAQUEROS y
V.
LA CANCIÓN DE GARY
Cooper pertenecía a la categoría de
los hombres tranquilos. A lo largo de su trayectoria en el cine
filmaría veinticinco westerns. Su facilidad para encarnar
ese tipo de personajes provenía de la naturaleza de su
carácter. Era sencillo, muy natural, sin pretensiones -alguna
vez admitiría no haber leído más de media
docena de libros durante su vida-. Tenía veintiocho años
cuando conoció a Lupe, conducía un automóvil
Packard, vivía con sus padres y aseguraba que le gustaban
todas las mujeres, sin importar su altura, talla o color del cabello.
En contraste, el frenesí de Lupe desconocía los
remansos. La intensidad con la que impregnaba cualquier actividad,
por nimia que fuese, resultaba para Cooper una especie de droga
de la que no era capaz de desprenderse. Cuando se disgustaban,
pasaba una breve temporada con su familia para acabar regresando,
invariablemente, al lado de Lupe, que lo arrastraba en el vértigo
de su vida cotidiana. Él confesaba que siempre volvía
con ella porque con Lupe obtenía un placer y una excitación
que no encontraba en ningún otro sitio.
Todos los viernes asistían al box en el American Legion
Stadium,que era muy popular entre los actores porque se ubicaba
frente a los estudios de la Paramount. En ese lugar, durante una
pelea, Chaplin conoció a Virginia Merrill, a quien le confió
el rol protagónico de la joven ciega en Luces de la Ciudad.
Allítambién vieron alguna vez a WilliamGorila Jones
noquear a Fred Maha. El mismo Gorila que fuera campeón
de peso medio y que, adelantándose a su época, un
día llegó con un león en el asiento trasero
de su convertible para promocionar su espectacular entrada al
ring. Tras su retiro se convirtió durante cuarenta
años en el guardaespaldas -aunque había quienes
aseguraban que algo más-, del símbolo sexual Mae
West, una asidua voyeurista de la sádica cofradía
de aficionados al pugilismo.
- Y ahora, ¿qué te dio por ir también
los martes al box?
Ella frunció la boca con una mueca de
niña mimada a la que no se le quiere conceder algún
capricho.
- No digas "los" martes, como si fueran
tantos. Es nada más hoy. Me regalaron unos boletos
para la pelea del campeonato mundial y quiero aprovecharlos. ¿No
tienes ganas de ir?
- Si tú quieres, vamos. Pero entonces el viernes
hacemos otra cosa.
- ¿Como cenar comida mexicana? Trato
hecho -Lupe se aproximó para besar su pecho que era lo
que quedaba al alcance de su boca y alzó el rostro buscando
la mirada complaciente de Cooper.
Por la mañana, Cooper roncaba con la
boca abierta en el sofá de la sala y Lupe, arrodillada,
vigilaba su sueño sin despegar la vista de su rostro, cuando
Adela Rogers, una periodista, llegó para entrevistarla.
- ¿No es hermoso? -preguntó Lupe, tratando
de justificar la manera como lo contemplaba-. Nunca he visto a
nadie más hermoso que mi Garrii.
Su voz lo despertó, alcanzó a escuchar
lo que ella había dicho y se rió. Al advertirlo,
Lupe estalló en un reclamo:
- ¡Te estás riendo del amor de
Lupe!
Y expresó su protesta con un jaloneo, en lo
que Adela supuso que se trataba de un juego, para percatarse después
de la violencia del forcejeo. Cooper tuvo que someter a Lupe sujetándola
por las muñecas hasta que se tranquilizó. Ambos
terminaron exhaustos.
Esa era la pauta permanente de sus ciclos pasionales, que oscilaban
entre la intensidad romántica y la violencia de las disputas
para terminar reincidiendo, una y otra vez, en las reconciliaciones,
mismas que aún no alcanzaban a cicatrizar cuando ya había
surgido un nuevo motivo de disgusto. Las pulsiones de la carne,
ya se sabe, son inflamables. El caos amoroso es el precio que
debe pagar el ser humano por el privilegio de vivir una relación
apasionada. Casi todos, excepto los avaros y los calculadores,
han experimentado una, ardiente e irrepetible, a lo largo de sus
vidas. Es cuando hasta los más desafortunados, los feos,
aquellos que carecen de gracia, se vuelven hermosos ante los ojos
del amante. Rostros vulgares que dejan de serlo para adquirir
la belleza que les confiere el otro cuando los mira. Y es, precisa
y paradójicamente, en la otredad, cuando surgen las expresiones
humanas más egoístas, como los celos, la necedad
de borrar todo vestigio de un pasado sin ellos, el afán
de adueñarse por completo del objeto de sus devaneos, de
su cuerpo, sus pensamientos, su tiempo, todo. Se renuncia a la
libertad individual para entregarse al otro en un supremo acto
de egoísmo: poseerlo como recompensa por ser poseído.
Lupe juzgaba que el propio ímpetu de su amor era suficiente
para ser amada por Cooper en la misma proporción. Amo tanto
a mi Garrii que si me pide los ojos, yo misma me los sacaría
con mis pulgares para dárselos. Eso sólo lo saben
mis amigos. Con los demás no me gusta hablar de cuánto
lo quiero.
- ¿Alguna vez te has imaginado lo que sería
tu vida sin mí?
Le preguntó Lupe al tiempo que devoraba sus enchiladas.
Habían salido a cenar a El Cholo, un pequeño lugar
de comida mexicana en la Once y Western Avenue. Originalmente
se llamó Sonora Café, pero en 1925, mientras esperaba
su platillo, un parrqoeuiano dibujó en el menú la
figura de un hombre al que llamó "El Cholo" -así
se les denominaba a los pobladores hispanos de California, antes
de que se volviera un apelativo común para referirse a
los pandilleros de origen latino-, y desde entonces lo adoptaron
para su restaurante.
- Yo no soy capaz de imaginarme sin ti -se respondió
Lupe a sí misma, sin permitir la respuesta de Cooper, quien
masticaba con calma un bocado de su tamal. Ella prosiguió
su monólogo observando los tamales en el plato de Cooper.
- ¿Tú sabes porqué a las mexicanas
nos dicen hot tamale? -entrecerró los ojos-. Me parece
que no todas se lo merecen, ¿no crees? -antes de concluir
la frase ya había deslizado su mano izquierda por debajo
de la mesa, para acariciar la entrepierna de Cooper.
- Para que puedas decir que alguien es hot, no basta
con vestirse a la moda y contonearse. Es como, por ejemplo, Dolores.
Se menea cuando camina y nomás alza la ceja, pero eso no
es suficiente.
Cooper se limitó a asentir con los ojos y
permitió que la mano de Lupe excitara el futuro inmediato
que los esperaba de regreso a casa.