Diciembre de 2005. 

UNA SERENATA PARA LUPE
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Fragmento del CAPÍTULO I. LA ÚLTIMA NOCHE QUE PASÉ SINTIGO

Así lo hizo. Con muchas esperanzas porque jamás fue derrotista, se presentó para participar en el concurso denominado Cecil B. DeMille, en el que buscaban nuevas figuras para el incipiente cine mexicano. A saber si por la impericia del fotógrafo o un maquillaje defectuoso, el caso es que el resultado fue negativo. Es lo que suele suceder en México, tuvo que ser Hollywood quien descubriera el potencial de Lupe Vélez hasta impulsarla al estrellato. Mientras tanto, esa era otra ilusión más que se vio obligada a guardar en el cajón de los deseos insatisfechos.

- Sí, Rafael, la verdad es que ya estoy harta. Me siento agotada de hacer lo mismo. Tú me dijiste que en el cine estaba mi futuro y ya ves, no pasé ni una triste prueba.

- Ya sé que te sientes desanimada y no es el mejor momento para convencerte, pero yo te aseguro que el cine es el vehículo ideal para expresar tanta inquietud corporal. Hazme caso, Lupe. Deja pasar un tiempo y busca otra oportunidad. Cuando te veas por primera vez en la pantalla te vas a acordar de mí.

- Me acuerdo de ti aunque no me vea.

- El cine es el futuro. El mundo entero va a transformarse gracias a esa nueva mirada de la cámara.

- Estás enamorado del cine.

En el fondo, aun cuando no lo admitía de manera tan abierta, Lupe también había sido contagiada por ese mismo virus que latía en las imágenes surgidas del nitrato de plata, autoincandescente como el propio temperamento humano. Sentada en una butaca del cine Palacio se permitía sobreponer su rostro al de Reneé Adoreé. No tendría que transcurrir mucho tiempo para que en esa misma sala, el 27 de enero de 1928, se estrenara la película El Gaucho, en la que Lupe aparecería como la compañera de aventuras nada menos que de Douglas Fairbanks. Pero por lo pronto tenía que conformarse con soñar y que Rafael, como antes Jorge Loyo o "el Panzón" Soto, tratara de convencerla de que estaba destinada a algo muy especial, porque era diferente a las demás, aunque a veces no estuviera tan segura. Le preocupaba que las opiniones de sus amigos y de algunos periodistas fueran benévolas debido al asombro que les provocaba el hecho de que siendo tan joven hubiese logrado lo que a otras les tomaba muchos años. Esa incertidumbre la acompañaría siempre, incluso cuando estuvo en la cima.

- En todo caso, prefiero enamorarme de ti.

- Por ahora no podría tener una relación seria con nadie. No es el momento. Necesito probar muchas cosas antes de algo así.

Y es que a ella ya le quedaban chicas la Montalván y la otra Celia, Padilla, y todas las rataplaneras prófugas de algún mural de Orozco: Luz Guerrero, Lupe Arozamena y María Rivera, a quien apodaban "La Elefanta", el Principal y el Lírico con sus cortejos voyeuristas, las insípidas revistas de Uranga y Gandolín, los cabarets como El Quijote y la pichicatería de sus acompañantes. Porque a pesar de que México era una ciudad con más de un millón de habitantes, conservaba un pudor pueblerino proclive a escandalizarse ante cualquier desplante carnal y para una descarada Lupe, eso empezaba a convertirse en una tortura cotidiana. En pocas palabras, el destino de una tiple le venía estrecho, tan estrecho que mejor se iría porque sin saberlo, Hollywood ya la estaba esperando.

Fragmento del CAPÍTULO II. EXTRANJERA EN EL PAÍS DE LOS SUEÑOS

En el foro de los estudios se construyó la Aldea del Milagro, una ficticia Argentina habitada por más mexicanos que sudamericanos. En la calle principal, los supuestos vendedores exponían sus mercancías, mudos merolicos pretendiendo con sus ademanes recrear el clamor que los espectadores tendrían que imaginar mientras una pianola repartiría sus notas impidiendo el silencio durante la proyección de la película. Los extras, sucios en la insignificancia de su pobreza, no son más que greasers ocultos bajo los humildes sombreros de palma, que daban vida al mercado de un pueblo en el otro extremo del continente, ofreciendo frutas tropicales ajenas a esa región: piñas, naranjas, plátanos y hasta unos improbables aguacates. Un domingo de tianguis entre Punta Deseada y Puerto Desengaño, o en una incierta pampa junto a la cordillera, porque el letrero en una de las falsas fachadas anunciaba: "Cantina de los Andes". Mientras, unos peregrinos con sarapes imploraban un milagro a la virgen ¿de Guadalupe?, de repente convertida en santa patrona de las pampas, arrodillados alzaban sus brazos cual musulmanes invocando a Alá. La aventura estaba a punto de comenzar, por cortesía del estrafalario gaucho de California, Douglas Fairbanks.

La tranquilidad del pueblo de escenografía se convulsiona con las muecas que suponen gritos de uno de sus habitantes amagando con que alguien llega. Lupe se encuentra lavando su ropa en el arroyo, la cámara se regodea en sus ojazos negros cuando ella pregunta:

- ¿Quién viene?

- ¡El Gaucho! ¡El Gaucho! -advierten unas sobrias letras blancas sobre el fondo negro con las que se desarrollaban los diálogos durante la época en la que el sonido aún no irrumpía en el mutismo del cine. Su reacción es la de una mujer enamorada, lleva su mano al corazón en el momento que ve aparecer al héroe, Douglas Fairbanks montando su caballo blanco, "el muchacho de la película", ni tan muchacho a sus cuarenta y cinco años pero, eso sí, tan dueño de la película que también era su argumentista encubierto bajo el seudónimo de Elton Thomas.

Página final del CAPÍTULO III. Y SE HIZO EL SONIDO...

De regreso a Los Ángeles la esperaban el viejo maestro Griffith en los foros de United Artists, para iniciar el rodaje de su primera aventura semisonora, Canción de Amor, y en su mansión de Beverly Hills, un cowboy decidido a conquistarla con sus fanfarronadas: Tom Mix.

El advenimiento del sonido había provocado una severa crisis entre las estrellas del cine mudo. Los ademanes ya no serían suficiente y ahora tendrían que transformar su voz en otra herramienta de trabajo. A los actores de origen europeo les preocupaba su acento extranjero y a los demás el que sus voces no fueran el reflejo de la imagen que habían forjado. Algunos de plano hicieron maletas para regresar a sus países natales, otros se esforzaron por mejorar su dicción y hubo quienes simplemente se resignaron a concluir sus contratos vigentes con las compañías productoras. Para Lupe eso nunca fue un problema. Tenía la voz clara y podía cantar. Su acento se convirtió en un sello exótico que le permitía reforzar su imagen para encarnar personajes extranjeros.

Pero Griffith, el arriesgado innovador, se había estancado en el teatro del silencio. Los diálogos habían invadido por asalto los estudios de cine modificando las formas tradicionales de escribir los guiones y concebir la acción. DW, como se le conocía por las iniciales de su nombre: David Wark, era un anciano prematuro al borde del retiro a sus cincuenta y tres años, cargando con el peso de más de quinientos títulos de una filmografía sin parlamentos, había cerrado su propia etapa silente con un largometraje previo, La Batalla de los Sexos, una nueva versión de su propia película de 1914, casualmente basada en una novela de Daniel Carson Goodman, el hombre de confianza de William Hearst en torno a la misteriosa muerte de Thomas Ince. Entonces Griffith, fiel a su estilo, con su característico sombrero de paja, responsable del nacimiento de una emoción, sometido por la intolerancia de productores que le imponían sus exigencias de filisteos, presenciaba cómo se iba desmoronando el universo que había logrado construir con fotogramas de nitrato de plata. Ese mismo Griffith o, mejor dicho, su espectro alcoholizado, amargo y cínico, se disponía a dirigir a la nueva sensación de la pantalla, la mexicana que algún día escupiría fuego.

Fragmentos de los Capítulos IV. CUÉNTAME UNA DE VAQUEROS y

V. LA CANCIÓN DE GARY
 
  Cooper pertenecía a la categoría de los hombres tranquilos. A lo largo de su trayectoria en el cine filmaría veinticinco westerns. Su facilidad para encarnar ese tipo de personajes provenía de la naturaleza de su carácter. Era sencillo, muy natural, sin pretensiones -alguna vez admitiría no haber leído más de media docena de libros durante su vida-. Tenía veintiocho años cuando conoció a Lupe, conducía un automóvil Packard, vivía con sus padres y aseguraba que le gustaban todas las mujeres, sin importar su altura, talla o color del cabello.

En contraste, el frenesí de Lupe desconocía los remansos. La intensidad con la que impregnaba cualquier actividad, por nimia que fuese, resultaba para Cooper una especie de droga de la que no era capaz de desprenderse. Cuando se disgustaban, pasaba una breve temporada con su familia para acabar regresando, invariablemente, al lado de Lupe, que lo arrastraba en el vértigo de su vida cotidiana. Él confesaba que siempre volvía con ella porque con Lupe obtenía un placer y una excitación que no encontraba en ningún otro sitio.

Todos los viernes asistían al box en el American Legion Stadium,que era muy popular entre los actores porque se ubicaba frente a los estudios de la Paramount. En ese lugar, durante una pelea, Chaplin conoció a Virginia Merrill, a quien le confió el rol protagónico de la joven ciega en Luces de la Ciudad. Allítambién vieron alguna vez a WilliamGorila Jones noquear a Fred Maha. El mismo Gorila que fuera campeón de peso medio y que, adelantándose a su época, un día llegó con un león en el asiento trasero de su convertible para promocionar su espectacular entrada al ring. Tras su retiro se convirtió durante cuarenta años en el guardaespaldas -aunque había quienes aseguraban que algo más-, del símbolo sexual Mae West, una asidua voyeurista de la sádica cofradía de aficionados al pugilismo.
 
   - Y ahora, ¿qué te dio por ir también los martes al box?
 
   Ella frunció la boca con una mueca de niña mimada a la que no se le quiere conceder algún capricho.
 
   - No digas "los" martes, como si fueran tantos. Es nada más hoy. Me regalaron unos boletos para la pelea del campeonato mundial y quiero aprovecharlos. ¿No tienes ganas de ir?
 
   - Si tú quieres, vamos. Pero entonces el viernes hacemos otra cosa.
 
   - ¿Como cenar comida mexicana? Trato hecho -Lupe se aproximó para besar su pecho que era lo que quedaba al alcance de su boca y alzó el rostro buscando la mirada complaciente de Cooper.
 
   Por la mañana, Cooper roncaba con la boca abierta en el sofá de la sala y Lupe, arrodillada, vigilaba su sueño sin despegar la vista de su rostro, cuando Adela Rogers, una periodista, llegó para entrevistarla.
 
   - ¿No es hermoso? -preguntó Lupe, tratando de justificar la manera como lo contemplaba-. Nunca he visto a nadie más hermoso que mi Garrii.
 
   Su voz lo despertó, alcanzó a escuchar lo que ella había dicho y se rió. Al advertirlo, Lupe estalló en un reclamo:
 
   - ¡Te estás riendo del amor de Lupe!
 
   Y expresó su protesta con un jaloneo, en lo que Adela supuso que se trataba de un juego, para percatarse después de la violencia del forcejeo. Cooper tuvo que someter a Lupe sujetándola por las muñecas hasta que se tranquilizó. Ambos terminaron exhaustos.

Esa era la pauta permanente de sus ciclos pasionales, que oscilaban entre la intensidad romántica y la violencia de las disputas para terminar reincidiendo, una y otra vez, en las reconciliaciones, mismas que aún no alcanzaban a cicatrizar cuando ya había surgido un nuevo motivo de disgusto. Las pulsiones de la carne, ya se sabe, son inflamables. El caos amoroso es el precio que debe pagar el ser humano por el privilegio de vivir una relación apasionada. Casi todos, excepto los avaros y los calculadores, han experimentado una, ardiente e irrepetible, a lo largo de sus vidas. Es cuando hasta los más desafortunados, los feos, aquellos que carecen de gracia, se vuelven hermosos ante los ojos del amante. Rostros vulgares que dejan de serlo para adquirir la belleza que les confiere el otro cuando los mira. Y es, precisa y paradójicamente, en la otredad, cuando surgen las expresiones humanas más egoístas, como los celos, la necedad de borrar todo vestigio de un pasado sin ellos, el afán de adueñarse por completo del objeto de sus devaneos, de su cuerpo, sus pensamientos, su tiempo, todo. Se renuncia a la libertad individual para entregarse al otro en un supremo acto de egoísmo: poseerlo como recompensa por ser poseído.

Lupe juzgaba que el propio ímpetu de su amor era suficiente para ser amada por Cooper en la misma proporción. Amo tanto a mi Garrii que si me pide los ojos, yo misma me los sacaría con mis pulgares para dárselos. Eso sólo lo saben mis amigos. Con los demás no me gusta hablar de cuánto lo quiero.
 
   - ¿Alguna vez te has imaginado lo que sería tu vida sin mí?

Le preguntó Lupe al tiempo que devoraba sus enchiladas. Habían salido a cenar a El Cholo, un pequeño lugar de comida mexicana en la Once y Western Avenue. Originalmente se llamó Sonora Café, pero en 1925, mientras esperaba su platillo, un parrqoeuiano dibujó en el menú la figura de un hombre al que llamó "El Cholo" -así se les denominaba a los pobladores hispanos de California, antes de que se volviera un apelativo común para referirse a los pandilleros de origen latino-, y desde entonces lo adoptaron para su restaurante.
 
   - Yo no soy capaz de imaginarme sin ti -se respondió Lupe a sí misma, sin permitir la respuesta de Cooper, quien masticaba con calma un bocado de su tamal. Ella prosiguió su monólogo observando los tamales en el plato de Cooper.
 
   - ¿Tú sabes porqué a las mexicanas nos dicen hot tamale? -entrecerró los ojos-. Me parece que no todas se lo merecen, ¿no crees? -antes de concluir la frase ya había deslizado su mano izquierda por debajo de la mesa, para acariciar la entrepierna de Cooper.
 
   - Para que puedas decir que alguien es hot, no basta con vestirse a la moda y contonearse. Es como, por ejemplo, Dolores. Se menea cuando camina y nomás alza la ceja, pero eso no es suficiente.
 
   Cooper se limitó a asentir con los ojos y permitió que la mano de Lupe excitara el futuro inmediato que los esperaba de regreso a casa.

 
     
  Julio Etienne  

 




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 Última actualización 12 de Diciembre de 2004.