Abril de 2005. 

ASCENSO Y CAIDA DE MIRAMAX
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Durante 12 años la poderosa Walt Disney Pictures mantuvo una áspera unión con los hermanos Harvey y Bob Weinstein, fundadores de la pequeña y célebre productora Miramax. Finalmente esta difícil relación ha llegado a su fin.

El hecho, que ha sacudido al mundo cinematográfico, constituye un reflejo de la situación actual en Hollywood, donde los estudios de menor tamaño mantienen una desesperada lucha por sobrevivir dentro de una industria cada vez más riesgosa y competitiva que exige un sólido respaldo financiero.

Al comprar en 1993 a Miramax, Disney incrementó su participación en el mercado fílmico norteamericano a más de 20 por ciento a través de sus distintas filiales como las productoras Touchstone y Hollywood Pictures, y la distribuidora Buena Vista.

Los Weinstein siguieron al frente de la empresa que crearon hace 26 años pero ya bajo contrato laboral. A cambio, Disney le inyectó lo que más necesitaba: capital, con un presupuesto de 700 millones de dólares anuales, lo que permitió financiar grandes producciones como El Aviador, que recibió 11 nominaciones al Oscar y obtuvo cinco estatuillas, y que rebasó la barrera de 100 millones de dólares de recaudación.

Pero fue una excepción. En esta alianza, los Weinstein no disfrutaron de libertad artística y debieron sujetarse a rígidas. Así, requerían autorización expresa para cualquier proyecto superior a 30 millones de dólares. Ello dio lugar a colosales errores: Disney rechazó producir la trilogía de El Señor de los Anillos por considerar que no tenía posibilidades de rentabilidad.

Los conflictos llegaron a su cima cuando Disney, asustado por las posibles repercusiones políticas, se negó a avalar el compromiso de Miramax de distribuir el polémico documental anti Bush de Michael Moore, Fahrenheit 9/11. Los Weinstein decidieron distribuir la cinta por la vía independiente. Y vaya que hicieron un buen negocio: 120 millones de dólares de ingresos sólo en Estados Unidos, seis veces más que el record anterior para un documental.

Si algo ha caracterizado a Miramax ha sido su decidido apoyo a proyectos de calidad, lo que ha derivado en un total de 249 nominaciones al Oscar, incluyendo tres ganadoras como mejor película: El Paciente Inglés (The English Patient), Shakespeare Apasionado (Shakespeare in Love) y Chicago. Esta última ha sido además, la más taquillera de su historia, al cosechar 170 millones de dólares en EUA.

Cuando el contrato se venza este septiembre, Disney mantendrá el sello Miramax, con su subsidiaria Dimension Films, la cual produjo el taquillazo de Scream, en tanto los Weinstein se abocarán a la producción independiente y retendrán los proyectos conjuntos que se estaban cocinando como las próximas obras de Quentin Tarantino y Anthony Minghella. Lo lógico es que sigan la línea de Fox Searchlight, filial de la 20th Century Fox, que se ha puesto como tope un presupuesto de escasos 15 millones de dólares por proyecto.

Disney ha tenido incesantes conflictos con sus socios, como también sucedió con Pixar, con la que mantuvo una fructífera pero tormentosa relación salpicada incluso de líos judiciales. Fue la calidad vanguardista de Pixar, propiedad del magnate de Apple, Steve Jobbs, la que transformó el género de animación, con Disney a cargo de la promoción y distribución. Con Cars, la séptima película conjunta, esta alianza también llegó a su fin. Parece que al CEO de Disney, Michael Eisner, le cuesta trabajo aceptar el talento contrario.

Pixar deberá ahora decidir su futuro: establecerse como compañía sola, lo cual es difícil por la labor mercadotécnica que implica, o aliarse con otro gran estudio.

El hecho es que la situación de los pequeños estudios independientes es compleja. Pueden lograr un gran éxito con un filme modesto pero es difícil repetirlo. Artisan hizo uno de los negocios más redituables del cine, con El Proyecto de la Bruja de Blair pero, seis años después, no ha vuelto a tener otro taquillazo. Lo mismo ha pasado con Lions Gate, que distribuyó Casarse Está en Griego (My Big Fat Greek Wedding).

Su futuro parece residir en la alianza comercial con los grandes estudios a fin de que puedan concentrarse en la parte creativa y no en la la actividad comercial. Así lo han entendido estrellas como Mel Gibson o Clint Eastwood, propietarios de Icon y Malpaso, respectivamente, vinculados con Fox y Warner. Es el mismo caso de Steven Spielberg, cuyo estudio, Amblin, mantuvo una larga alianza con Universal hasta que se ligó a Dreamworks, el único gran estudio creado en el último cuarto de siglo, del que el propio Spielberg es uno de sus principales socios.

Otro buen ejemplo es el de Blue Sky, la modesta empresa californiana de animación, productora de La Era de Hielo y Robots, que ha establecido una alianza con la Fox para impulsar sus cintas, las cuales han triunfado en el box office.

 
     
  Eduardo Marín Conde  

 




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 Última actualización 11 de Abril de 2004.