| Durante
12 años la poderosa Walt Disney Pictures mantuvo una áspera
unión con los hermanos Harvey y Bob Weinstein, fundadores
de la pequeña y célebre productora Miramax. Finalmente
esta difícil relación ha llegado a su fin.
El hecho, que
ha sacudido al mundo cinematográfico, constituye un reflejo
de la situación actual en Hollywood, donde los estudios de
menor tamaño mantienen una desesperada lucha por sobrevivir
dentro de una industria cada vez más riesgosa y competitiva
que exige un sólido respaldo financiero.
Al comprar en
1993 a Miramax, Disney incrementó su participación
en el mercado fílmico norteamericano a más de 20 por
ciento a través de sus distintas filiales como las productoras
Touchstone y Hollywood Pictures, y la distribuidora Buena Vista.
Los
Weinstein siguieron al frente de la empresa que crearon hace 26
años pero ya bajo contrato laboral. A cambio, Disney le inyectó
lo que más necesitaba: capital, con un presupuesto de 700
millones de dólares anuales, lo que permitió financiar
grandes producciones como El Aviador, que recibió
11 nominaciones al Oscar y obtuvo cinco estatuillas, y que rebasó
la barrera de 100 millones de dólares de recaudación.
Pero
fue una excepción. En esta alianza, los Weinstein no disfrutaron
de libertad artística y debieron sujetarse a rígidas.
Así, requerían autorización expresa para cualquier
proyecto superior a 30 millones de dólares. Ello dio lugar
a colosales errores: Disney rechazó producir la trilogía
de El Señor de los Anillos por considerar que no
tenía posibilidades de rentabilidad.
Los
conflictos llegaron a su cima cuando Disney, asustado por las posibles
repercusiones políticas, se negó a avalar el compromiso
de Miramax de distribuir el polémico documental anti Bush
de Michael Moore, Fahrenheit 9/11. Los Weinstein decidieron
distribuir la cinta por la vía independiente. Y vaya que
hicieron un buen negocio: 120 millones de dólares de ingresos
sólo en Estados Unidos, seis veces más que el record
anterior para un documental.
Si
algo ha caracterizado a Miramax ha sido su decidido apoyo a proyectos
de calidad, lo que ha derivado en un total de 249 nominaciones al
Oscar, incluyendo tres ganadoras como mejor película: El
Paciente Inglés (The English Patient), Shakespeare Apasionado
(Shakespeare in Love) y Chicago. Esta última ha sido
además, la más taquillera de su historia, al cosechar
170 millones de dólares en EUA.
Cuando el contrato
se venza este septiembre, Disney mantendrá el sello Miramax,
con su subsidiaria Dimension Films, la cual produjo el taquillazo
de Scream, en tanto los Weinstein se abocarán a la producción
independiente y retendrán los proyectos conjuntos que se
estaban cocinando como las próximas obras de Quentin Tarantino
y Anthony Minghella. Lo lógico es que sigan la línea
de Fox Searchlight, filial de la 20th Century Fox, que se ha puesto
como tope un presupuesto de escasos 15 millones de dólares
por proyecto.
Disney
ha tenido incesantes conflictos con sus socios, como también
sucedió con Pixar, con la que mantuvo una fructífera
pero tormentosa relación salpicada incluso de líos
judiciales. Fue la calidad vanguardista de Pixar, propiedad del
magnate de Apple, Steve Jobbs, la que transformó el género
de animación, con Disney a cargo de la promoción y
distribución. Con Cars, la séptima película
conjunta, esta alianza también llegó a su fin. Parece
que al CEO de Disney, Michael Eisner, le cuesta trabajo aceptar
el talento contrario.
Pixar deberá
ahora decidir su futuro: establecerse como compañía
sola, lo cual es difícil por la labor mercadotécnica
que implica, o aliarse con otro gran estudio.
El
hecho es que la situación de los pequeños estudios
independientes es compleja. Pueden lograr un gran éxito con
un filme modesto pero es difícil repetirlo. Artisan hizo
uno de los negocios más redituables del cine, con El
Proyecto de la Bruja de Blair pero, seis años después,
no ha vuelto a tener otro taquillazo. Lo mismo ha pasado con Lions
Gate, que distribuyó Casarse Está en Griego (My
Big Fat Greek Wedding).
Su futuro parece
residir en la alianza comercial con los grandes estudios a fin de
que puedan concentrarse en la parte creativa y no en la la actividad
comercial. Así lo han entendido estrellas como Mel Gibson
o Clint Eastwood, propietarios de Icon y Malpaso, respectivamente,
vinculados con Fox y Warner. Es el mismo caso de Steven Spielberg,
cuyo estudio, Amblin, mantuvo una larga alianza con Universal hasta
que se ligó a Dreamworks, el único gran estudio creado
en el último cuarto de siglo, del que el propio Spielberg
es uno de sus principales socios.
Otro
buen ejemplo es el de Blue Sky, la modesta empresa californiana
de animación, productora de La Era de Hielo y Robots,
que ha establecido una alianza con la Fox para impulsar sus cintas,
las cuales han triunfado en el box office.
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